He leído el libro de Aixa de la Cruz

Me hizo mucha ilusión ver que estabas con Munir en Barcelona. Gracias por enviarme la fotografía, me alegró el corazón. ¿Qué tal el Graf, cómo estás tú? Te vi en una imagen vestida de moderna, muy trap, estabas muy guapa. Eres una mujer guapa. Ahora, quisiera compartir contigo dos o tres fragmentos del nuevo libro de Aixa de la Cruz. Lo terminé esta mañana. Y no lo hago por otra cosa que por tu condición de testigo; porque estuviste justo en el momento en el que, como reza el título de Aixa, también cambié de opinión. ¿Te acuerdas? Todo era un escombro.

Fragmento | 1

Pido auxilio y María José clausura el acto. Después de firmar un puñado de ejemplares, su novia y ella me evacúan a una tasca en la que engullo un litro de cerveza antes de integrarme en la conversación. Sé que esta noche me retiraré pronto. Me caen bien pero no estoy cómoda. Siento que me juzgan. Hago un repaso del día, de lo que he dicho, de lo que ellas han dicho. Busco cualquier detalle que pudiera habernos ofendido mutuamente y no encuentro nada, así que este malestar debe ser el que me suscita la comunidad lésbica, ni más ni menos. Me he vuelto homófoba en el sentido etimológico en el que prima el componente de miedo, manda narices. Sé que no me van a reprochar, como sí hacen mis amigas de Granada, que me haya decantado por un hombre, por la opción normativa, la más fácil, la que no da problemas. No lo van a hacer porque ni siquiera me conocen, pero llevo el boicot por dentro y me pone en guardia. Hubo una época en la que el sexo era sexo, y la política, política. Luego las cosas se mezclaron. O conocí a demasiada gente que las mezclaba, gente que concebía el deseo como una herramienta de acción militar, y en qué mundo cabe, my body is a temple y no soy lo que como, pero ahí está el discurso, y ahí la culpa. Le he dado la razón a mi madre, que decía que lo de las mujeres era una fase, un experimento exótico de los míos. La odié durante años por aquello, y ahora por qué la voy a odiar. Me estoy quedando sin excusas.

Fragmento | 2

Mi primera menstruación no dolió. Pero al cabo de unos días vino mi madre con regalos y comida como para una fiesta de cumpleaños y dijo la frase más terrible: ya eres una mujer. Si fuera cierto que los cólicos menstruales son psicosomáticos, aquel sería el instante en el que se gestó el síntoma. De esta forma, mi útero se contraería más de lo debido porque no solo intenta expulsar el endometrio, sino el significante mismo que se me impuso al sangrar. Pero ya está bien. No quiero seguir revelándome. Quiero que pare el dolor. Entro en internet en busca de algún remedio natural y los primeros artículos que encuentro me dicen lo que ya me han dicho media docena de ginecólogos: lo que me pasa es normal , esto es, frecuente, y se alivia tomando anticonceptivos hormonales. Fue lo que hice entre los dieciséis y los veintidós años. No me resistí a la medicación porque sonaba lógico que ser mujer fuera algo de lo que tuvieran que curarme y cómo extraño a veces aquel organismo sintético de humor estable y pechos rellenos, pero por más que una esté en el mundo para desdecirse, algunas decisiones han de ser férreas. Falté a mi palabra para no volver al paradigma heterosexual —y he cosechado la esquizofrenia de la que me advertían—, pero los otros dos compromisos que adquirí durante mi inmersión en los estudios de género se mantienen. No patrocino al sector canónico y no consumo estrógenos de laboratorio. Dadme otra solución, amigas, hermanas. Ahora soy una de vosotras.

(…)

No estás loca, eres cíclica.

Y ser cíclica en esta sociedad duele.

Sin embargo, la menstruación no es el problema.

Tú no eres el problema.

El problema es quien menstrúa en esta sociedad.

Vivimos en la periferia de nuestro cuerpo.

Pero esto acaba hoy aquí.

Fragmento | 3

Fuera del texto se me ocurren muchas cosas, pero en el presente virtual por el que me arrastra esta línea no tienen cabida las piruetas intelectuales. Soy toda incredulidad y arcadas; no quiero seguir leyendo, pero no puedo parar de leer. Soy el europeo estándar ante su televisor el 11-S, una espectadora profesional que confunde el terror con las películas de terror, y en las películas de terror el miedo forma parte del espectáculo. Así que sigo cargando comentarios en los que la cibermasa pone en duda el testimonio de la víctima de Sanfermines y el de las víctimas de violación en general, respaldando sus argumentos con multitud de enlaces a un mismo caso de falsa denuncia; comentarios en los que prosperan las teorías más inverosímiles (…).

Te quiero mucho, Mireia. Espero que estés bien. Me reconforta leerte, que asumamos este espacio como un muro de las lamentaciones nuestro, solo nuestro. Hay también recreo, aunque no lo creamos, en la lamentación. Y perdona que no me prodigue con tu última entrada, pero no me apetece escribir. He salido hace un buen rato de terapia, pero me sigue sin apetecer hablar.

Andrea

Escritura terapéutica

Me inspira mogollón ligar con tíos por tinder. Metaligar. Estrenar personas y que salga divertido. “Bueno, y ahora después de medir el marco teórico de nuestra nueva relación ¿qué se hace? ¿me invitas a una fanta? Todo lo que sea gratis me parece bien hasta que recuerdo que viene manchado por la grasa indeleble de lo precarizado. Ser coherente es tan difícil. Tomemos unas cañas pero invitas tú. Tengamos claro, por lo menos, que estamos perpetuando los roles de género del imaginario global. Tengamos claro, por lo menos, que si tú cobras más tienes más poder sobre las cervezas que voy a tomar, pero no sobre mi cuerpo. El contenido o expectativa sobre el contenido de tu cartera o de tus bolsillos sirve de aliciente, fetiche capitalista, para mi deseo erótico siempre inconsciente hasta ahora pero ya no. Como tus ganas de ir de putas. A ver cómo trabajamos eso desde la óptica de la crítica feminista. Pero hay que hacerlo*. Deslízame un par de billetes de doscientos euros por la cara y mete tus dedos en mi garganta. Soy pobre. El dinero es mi perversión por naturaleza. Permeabeabilidad opuesta. Como los descampados, la leche derramada o las fantasías en tercera persona de violación grupal. Ser consciente de ello no va a restarle eficacia.”

*(Estoy leyendo el TFM de Clara! Por fin!)

Paréntesis aquí para decir que apenas he leído a Marta Sanz, estoy leyendo a Marta Sanz, pero todavía no me he puesto a escribir desde el dolor hasta ahora porque es el dolor lo que me ha impulsado a venir aquí, a lo indecible, a practicar este mindfulness que llaman literatura automática o verborrea atómica o despilfarro autoinfeccioso o tengo tantas cosas que decir y te echo tanto de menos que en lugar de teclear bailaremos con palabras y haremos como que no pasa nada.

El librito que más cerca tengo ahora mismo es “BDSM Estudios sobre la dominación y la sumisión”, no lo he empezado y ya le tengo miedo porque he visto que contiene componentes psicoanalíticos. ¿Es este un riesgo que hay que correr si queremos entender como el dolor llama al dolor? Espero que no. Espero estar a tiempo de devolverlo. Te lo haré saber.

¿Qué tal la casa nueva?

¡Oye! Conforme voy escribiendo me empiezo a sentir mejor. ¡Funciona! Ya ha valido la pena llamar tu atención. ¿Qué estarán escribiendo las demás? Quiero leer a Sabina Urraca y a Elisa Victoria y a María Sánchez y a Mónica Ojeda pero ¿Sabes qué? Tengo mucho miedo. Me da PÁNICO ABSOLUTO. ¿Y si no me gusta lo que leo? O peor ¿Y si me gusta? ¿Y si no me importa? Creo que antes necesito leer lo tuyo. Vas a ser la primera amiga a la que lea desde que sé leer. Y desde que he leído a Carnés, a Rodoreda, a García Llovet*, a Baltasar y a Ginzburg y a Gainza y a Pardo Bazán creo que puedo hacerlo con la misoginia metida en el tarro de los objetos de estudio. Envíame ya tu dichoso libro para que pueda empezar a leer a todas mis amigas y establecer ese metadiálogo que se supone que nos tiene que llevar a algún Sitio Bueno. Dale.

 

*Es curioso que Esther no cuente entre mis miedos ¿será porque pertenece a otra generación o porque es el ideal aséptico?

 

Elvira

Hola Mireia, corazón: hay que ganarse la vida, e intentar —en ese hacer o dejarse hacer— que sea de la mejor manera, con dignidad, coherencia. Por eso sería inútil decir que qué mal, que qué mal la concesión del premio Biblioteca Breve a Elvira Sastre, con una novela que aún no he leído, es verdad, pero que tampoco creo que vaya a revolucionar cifras, más allá de las monedas que se hagan durante su exposición y venta al público. Lo siento, esto también lo voy a decir: que tampoco espero, como filóloga y librera, que acceda a ningún canon de nuestra Literatura, de nuestra Historia Literaria. La Literatura tiene el deber de dar cobijo a distintas redes narrativas, posturas, conexiones y puentes, pero no, desde luego, a actuar como un refugio de lo ideológico, de lo económico. La Literatura no es un panfleto, y quien diga lo contrario: miente. Según los medios, el de Elvira Sastre es un texto sentimental, anclado en lo puramente emocional, siendo una de sus tramas un relato cercano al discurso guerra civil tan de moda en la narrativa patria. Aquí una little paradoja: ese tema, aquí en este reino, es, a la vez, moda y no-moda, pero parece ser el aro por el que hay que pasar. Amarrarse a la tradición para echar a andar por el camino de la historiografía española es, cuanto menos, un acto inteligente, un paso hacia delante. Pero hay otra tradición que está tirando últimamente con fuerza de lo que se publica en este país, de lo que se dice, lo que se critica: el mercado. El autor o autora ya no escribe para una tradición, con una tradición; el interlocutor martingaitiano es ahora el mercado, quien maneja las monedas, maneja la barcaza. Y ahora, las confesiones. He leído sus libros, he comprendido o, al menos, entendido mínimamente sus textos. No ha sido de motu proprio, ha sido porque si mi madre me ha enseñado una cosa en la vida es esta: a no mentir. A mí, criticar la figura pública de la autora, repito, por si esto se considerase un ataque, digamos, personal, criticar la figura pública no me reporta nada, no me da de comer, no mejora mis relaciones con mis semejantes, no hace que mis jefes me tengan más amor, no hace que me brille más o menos el pelo. Hacer lo mismo con su obra tampoco, esto es, con su forma de estar en el mundo. No tiene culpa: la alta y la baja literatura es una ficción; todo, y esta es una responsabilidad casi civil, recae sobre el lector, que es también ciudadano. Y cada lector o lectora, cada ciudadano de a pie, es fruto de una educación sentimental, familiar. Somos lo que hemos leído. Dicen, en varias entrevistas, que la autora ha leído a Foenkinos, que es su referente. Diré una cosa: me preocupa. Me preocupa porque ha traducido a Wilde para Valparaíso. Quiero decir. Hay muertos en las cunetas sin enterrar, hay chistes que han dejado de hacerse; se permite que tres asnos digan auténticas bestialidades en los medios a diario. No sabemos nada de nuestra historia, no queremos conocer la historia. Estamos todos huyendo hacia delante, cuando no hay un delante ni claro ni digno. Elvira, no te han hecho ningún favor concediéndote este premio. La novela podría haberse publicado, podría haber tenido un éxito inmenso, infinito, colosal sin premio. El Biblioteca Breve era un bastión bien armado, con sus más y con sus menos, pero bien armado. Se trata de un premio que posee una historia, una calidad literaria, un gusto lector muy concreto. El Biblioteca es un premio o, al menos, era un premio que hizo que Carmen Martín Gaite no escribiese durante diez largos años nada que tuviese un regusto a ficción porque, cuando ella presentó Ritmo lento, el Boom de escritores latinoamericanos hizo a un lado, no solo a los autores españoles, sino a la Literatura Española, que no en español, con La ciudad y los perros. No es un regalo. Es llevar un peso sobre los hombros, es conocer, verdaderamente el campo. Es llevar la historia en la mirada. Cuando Vargas Llosa se alzó con él, todo fue fiesta y alabanza. Ahora es Historia Literaria, ahora sabemos que valor capital y capital simbólico, en armonía, fueron dirigidos por el nuevo mercado editorial de aquella España de los setenta para hacer caja. La Mama grande, que fuese la Balcells, junto a otros agentes del campo editorial y literario, editoriales, prensa, promotores, pusieron en funcionamiento una maquinaria que era un primor. Esa novela era buena, muy buena; Vargas Llosa un buen autor, y los lectores estaban ávidos de novedad, frescura, ficción. Ahora, solo ahora, tras estudiar aquel fenómeno, podemos decir cuatro palabras sobre su fuselaje y anatomía. Elvira, yo no digo que escribas bien, mal o regular. No me interesa. Solo digo que no está tan claro el diálogo productivo entre el capital y lo simbólico en este caso; no parece haber ruta fiable, conexión. Tenemos otro boom bien distinto delante de los ojos. Y la desconexión es un tema que siempre, siempre me ha preocupado. No dejemos que el mercado se haga tra(d)ición. Me recuerdo disfrutando mucho leyendo Intemperie, de Jesús Carrasco. Los tiempos han cambiado, pero el lector sigue vivo, muy vivo. ¿Qué ha pasado con el ciudadano? | Y pido perdón, por si he ofendido a alguien, por si no me he expresado bien, por si no he podido o no he sabido decir lo mucho que me importa ya no solo la Literatura, sino lo literario. El amor.

Sara Mesa

Hay textos claros, otros oscuros. Esta dicotomía es operativa, en cualquier espacio, sobre cualquier nivel. Lo interesante es cuando la temática es pantanosa, también el tono, de mirada severa, y se ofrece claridad, luz. Esto, y no otra cosa, hace Sara Mesa, y no solo en Silencio administrativo (Anagrama, 2019), que es lo que pareció ocuparme en torno a dos viajes de metro al trabajo, a lo sumo tres, sino en todos y cada uno de sus acercamientos a la escritura. Siento poco pudor al pronunciarme sobre esto: hay desigualdad en su obra, a nadie le importa, solo a mi lector íntimo. Pero situaría el librito mencionado junto a Cicatriz o sus cuentos sin dudarlo. Y también lo pondría bien colocado, bien mono, al lado del libro de Adela Cortina, Aporofobia, el rechazo al pobre (Paidós, 2017).

Si parecíamos trobar a faltar un lugar en el que se discutiese, desde la tramposa autoficción, el tema de la pobreza, aquí lo tenemos. Y Antonio Machado fue clarísimo al respecto, aprovechando que su infancia, como la de Mesa, (no) son recuerdos de un patio de Sevilla, «entre hacer las cosas bien y hacer las cosas mal existe un término medio honesto que es no hacerlas», o algo así. La autora ha hecho las cosas así, es decir, bien: un par de mujeres se encuentran con otra en situación de exclusión social. Deciden ayudarla, pese a que ese camino lo emprende una solamente. El de los cuidados. El tema que vertebra este ensayito narrado es el subtítulo del libro de Cortina; sin embargo, hay más temas que aquí únicamente me dedicaré a apuntar, a anotar. Los diré de corrido, como cuando nos aprendíamos las preposiciones. La sororidad entre mujeres que pertenecen a distinta clase social, la sororidad entre mujeres estigmatizadas y validadas, la sororidad entre mujeres visibles e invisibles. El preguntarse por qué, en un teórico estado de bienestar, hay personas durmiendo a la intemperie, el preguntarse por qué, en un teórico estado de bienestar, hay más mujeres que hombres en la calle, el preguntarse por qué, en un teórico estado de bienestar, está una mujer en la calle. Esperad. Porque quizá en esto último, en preguntarse por qué está una mujer en la calle estriba el poder tirar de la manta de una espiral de violencia lo suficientemente compleja como para formar un entramado adusto e imperturbable. No sé, quizá mientras escribo esto pienso en las mujeres a las que he visto pedir. No recuerdo sus caras. El dinero corrompe cualquier tipo de belleza pretérita o futura. Aquí hago mención a Los amantes del Pont Neuf. ¿La has visto? Saca hueco, póntela. Juliette Binoche interpreta a una mujer invisible un ratito. Retomo. Una mujer como ángel del hogar, como canon de belleza, como feminidad ejemplar. Un ángel del hogar sin hogar, un atractivo hecho detritus, un cuestionamiento sobre si es una mujer o es un monstruo. Mesa dice: todo este sistema tan freak del patriarcado te dijo que el estado de salud general depende del cuerpo de las mujeres, de su intimidad, del orden de su casa —y esto no lo pienso yo, como lo que dije sobre el «ángel del hogar», quiero que quede claro, esto no es mío, es una bola que no han dejado de contarnos desde siempre—. Ahora, si este nuevo hogar es la calle, y qué calle, ¿a nadie le hace ‘clic’ nada? Pero sí, es verdad, en lugar de poner ahora los miembros sobre la mesa y escandalizarnos, deus ex máchina, el dios del dinero te amordaza. Cinta aislante doble cara: las mujeres que viven en la calle no son mujeres porque con sus cuerpos no son capaces de producir nada; son juguetes rotos, son lo que no quiso el diablo. Un buzón de correos tiene mayor statu quo. Me vomito encima al estar siendo capaz de verbalizar esta burrada. Me cago en San Pito Pato.

«Así que no es suficiente con vivir en la calle. Hay que acreditarlo», dice Mesa.

La pobreza se ha feminizado; la pobreza es un estado que oscila entre la compasión y la humillación. El individuo piensa sobre sí desde la culpa. El Estado le ha hecho olvidarse de sí. Pensé que no me había gustado el libro de Mesa, que me había parecido flojito. Pero la tía, de una forma u otra siempre termina provocándome lo mismo: tras cerrar sus libros, se me abren las compuertas y enfermo de toda la negrura. Y la escritura de Mesa actúa como Caronte remando sobre el río Aqueronte. Este textito te planta una moneda bajo la lengua, hay que pagar al barquero. | Mireia, flipas con lo de Margarita García Robayo en Tránsito. Te quiero.

Recordatorio: pronto escribiré sobre Sara Mesa y Margarita García Robayo, lo prometo; el de la Morales aún se está perfilando.

Mireia, la debilidad. Incapaz de leer o escribir, aúno esfuerzos, me siento delante del ordenador, del teléfono. Activo la localización y agoto la batería. Busco piso. ¿Busco piso? Lo busco. Apenas duermo, no sueño con nada o no lo recuerdo. Siempre voy con prisa, apenas sé quién soy, y quién sí lo sabe. Nadie me dijo o nadie me ha dicho eso, que voy con prisa, y con cara de preocupación, realmente. ¿Tengo prisa, estoy huyendo o, sencillamente, el movimiento me genera bienestar? No sé qué exposiciones hay en Madrid, no quiero hacer planes, me consumo mirando el horario del trabajo. Esto es la tiranía de la pantalla. Me han recomendado libros que no quiero leer. Realmente pienso que nunca llegamos a conocernos mucho cuando trabajamos juntas, siento que el vínculo se ha intensificado de otra manera a través de otros modos. Y está bien. Y, sin embargo, hay mecanismos de destrucción, de hacerse públicas, de exhibir nuestra intimidad que nos nombran. Y no, no quiero vivir. No así. A veces me gustaría saber qué está sucediendo exactamente, y digo exactamente porque querría disfrutar, la verdad, de un poco de exactitud. Si no me adolece nada, si realmente no sucede nada, ¿qué me está pasando? ¿Me va a bajar la regla? | Vie 12:48h. Me voy a duchar, a ordenar los libros de mi habitación.

El bosque del vómito

¿Hay alguna forma de comenzar un texto que no resulte altanera? Tengo cada vez más dudas sobre todo lo relativo a la escritura, a la lectura y, especialmente, a la crítica desde que estoy aprendiendo a leer. Para empezar, me arrepiento de todas las veces que he juzgado un libro, el que sea. Hay que tener valor para decir “esto es una mierda”, “yo no leo a tal ni a cual”, “devuelve eso, carajo”, arquear una ceja, mirar por encima del hombro a un pobre trozo de papel laminado en mate. ¿Cómo ahora mismo y aquí podemos estar opinando sobre Goytisolo, sobre la prosa de menganito o del último boutade boy de la antigua izquierda si no es para hablar de nosotras mismas? Eso me parece bien. Hablar de mí, de nosotros, de las cosas que nos pasan a través de Djuna Barnes, por ejemplo. Me regalaron ese libro en el mismo lugar donde nos encontramos la semana pasada. ¿Dónde ibas tan acelerada? ¿Qué te pasa Andrea?

Anoche empecé a escribir pero no había tomado café, no eran horas. Te estaba contando que bajo el flexo reposaba El bosque de la noche, que me ha acompañado paciente en las últimas semanas en el viaje a Madrid, en las despedidas, en el regreso a Valencia, entre todas las cajas de libros -unas veinte y son pocas- él viajaba en mi bolso, junto al cuaderno de clase y al neceser con el Aquafort. Apenas he leído nada. Sus personajes me resultaban demasiado impertinentes y ya sé que lo son, que forma parte de su carisma, pero no podía seguirles el juego, así no. Lo poco que se lee en una mudanza siempre habla sobre uno mismo, y conviene prestar atención. Si un libro no está hablando de ti ¿Para qué leerlo?

Chica, no te mudes. Aguanta un poco. Atrinchérate en casas de amigos, en el rincón de tu eterna adolescencia lasciva, no te hagas vieja todavía. Sé que no me vas a hacer caso  pero ahora que he vuelto a vivir con mi madre después de -santodios- quince años, sé de lo que hablo. Revisa las ganas de salir corriendo y no tengas prisa por resolverte. Disfruta de la herencia del baby boom, hazte insoportable a sus ojos e imprescindible en el cariño. Disecciona todos los errores de su generación y convéncelos de que lo han arruinado todo pero que por lo menos te tienen. Pienso que todo esto de Eva Baltasar y la otra es porque por fin ha llegado un momento donde de verdad nos la suda exponernos en masa. Antes, bueno qué sé yo, siempre hubo singularidades y obras suicidas, pero ahora nos han tirado de la lengua y es super divertido. Que les jodan, jajaja.

*Sorbito de propalgina*

La otra opción es salir cuanto antes de Madrid. No sé cómo me estoy atreviendo a preguntar por tu prisa y a decir lo que tienes que hacer cuando yo tengo las compuertas bloqueadas cada medio mes. Se me agarran a los meseteros y enraizan por la puta nuca hasta llegar debajo de los omoplatos y cómo duelen. Esto es verdad, esto es físico. Perdóname, ayer leí unas declaraciones horribles de una escritora argentina en sus cincuenta, ahora no recuerdo qué escritora, nos da igual. El caso es que nos hacemos viejas, yo más que tú, y todo sigue igual, sigue por hacer, o no. Ya sabes lo que pienso sobre rendirse, a veces es necesario. Especialmente para conseguir que afloren algunos líquidos que estamos reteniendo desde la infancia, de manera inconsciente, desde que alguien nos fastidió pero bien el día que nos habían vestido con volantes, el día que nos subimos al columpio y se nos vieron las bragas.

Oye, ten cuidado con el doctor Mathew O’connor. Yo también voy a tenerlo. No quisiera de momento convertirme en él salvo por lo de llevar traje de chaqueta. ¿Sabes qué pienso? Que se va haciendo hora ya para que todas tengamos nuestro propio traje de chaqueta. Pero de verdad, no como en los ochenta o en los sucesivos revivals de lo masculino en pasarela. Una habitación propia no es suficiente. Traje de chaqueta, burdeos, azul marino, aterciopelado o no. Pero que nos quede de puta madre siempre.

Pues hija, escribir un libro debe ser un horror. Un tránsito terrorífico de dudas , ires y venires. El otro día en un hilo de twitter entre Jóvenes Que Escriben Ahora descubrí que hay unos que lo hacen del tirón, como usando una brújula interna, y otros que lo hacen de otra forma que no imagino como puede ser. Siguiendo unos esquemas complejos y rezando mucho, supongo. Y resulta que ambos disfrutan. ¡Disfrutan escribiendo! Si uno disfruta escribiendo ¿cómo va a disfrutar otro leyéndo eso mismo?. El el orden deseoso de las cosas no me cabe en la cabeza. Lo que sí empiezo a sentir es una especie de, cómo se llama, respeto, hacia todos aquellos que escriben y hacia sus productos obtenidos en forma de libro. En todo lo depósitado en forma de tiempo, dolor o disfrute, me es lo mismo. Se vierten ahí ideas, chismes y después llega la librera sádica de turno y suelta una carcajada. Pues ya no más. A partir de ahora hablaré con propiedad o callaré para siempre.  Espero que me dure poco por el bien del aparente caos en el espaciotiempo.

Vamos hablando, estáte bien.

Mireia.

 

 

Jue 11:22

Jue 11:22

Tuvo que pasar tiempo, aunque seguí sin comprender. Me avergoncé de aquel libro, me avergonzaba. ¿Por qué lo escribí? ¿Qué quise decir? ¿Para quién estaba hablando? Soñaba frecuentemente con él, su significado me causaba náuseas. No sé si te conté. Lo cogía, lo estampaba contra la pared, lo pisaba, profería amenazas brutales, me ensañaba con cada una de sus palabras. Lo miraba y decía: «No hay nada peor que parir un hijo muerto, joder». A la noche me metía el puño en la boca hasta que sangraba. No, no creo que te contase. En aquellos momentos, trataba de gritar, conseguía escucharme, estaba ahí mismo. Era monstruoso. Un día, para darme un suspiro, pensé que nunca había sido indulgente conmigo misma, que me había contado la historia al revés. Armé una red de suposiciones que actuó como consuelo unos meses, es verdad. «Considerarme a mí misma» pasó a ser «tener consideración hacia mí», dejar el relato oscuro, no creer que era mala persona, no atiborrarme de veneno, no escuchar lo que mi madre no me decía, pero sí pensaba. Abandoné los ojos que te observan por no escupir, evité sentirme señalada, marcada. Dejé los cortes en la tripa, me puse tiritas en los dedos para no ver el hueso que había bajo la carne. Comía regularmente, volví a dormir. Regresé sobre el bultito que me había salido en los labios, lo toqué, lo zarandee. Había estado meses creyendo que tendría algo malo, que debía pedir cita al ginecólogo, que me moriría. Pero no, tan solo era un granito, un granito que me deleitaba ver crecer porque no sabía muy bien qué era, porque no me atrevía a preguntarle. Recuerdo aquellas semanas con mucha viveza, también con frialdad y desidia porque habían conseguido ausentarme de mi vida cotidiana. Llegué a sentir que no tenía nada que pudiese decirse «mío», menudo cuento. Nos inventamos de tantos modos distintos para parecer interesantes, agotador. Si me pides que enumere todas las cosas que me he dicho, prepara una cama, un té o una copa: soy todo vanidad. No sufría demencias, no tenía problemas. Cumplía a rajatabla con las columnas del horóscopo: salud, amor, trabajo, dinero. Pero, ¿qué me pasaba? Lo poco que leía y retenía fueron dos textos a los que llegué por mediación de suplementos culturales. Ambos dieron respuesta a dos huecos cilíndricos, esbeltos, brillantes. Por un lado, Permagel, de Eva Baltasar; por el otro, Lectura fácil, de Cristina Morales. Uno me concedió la gracia, pude hacer mi propio chascarrillo y hablar de cómo es acostarse, de cómo es follar con una mujer. Para la catalana es un Pollock, para mí —claramente— un Rothko. El otro apropiarme de un término que por fin ponía nombre a lo que me sucedía, el «síndrome de las compuertas». A Nati, una de sus protagonistas, le asediaba con frecuencia. En pocas palabras, consistía en poner el automático, en obcecarse, en pronunciar todo lo que se te pasa por la mente, en ser ella ante los demás sin filtros. Gritar: «puto-fascista-neoliberal-chungo», y qué. ¿Qué? Sí, a ese personaje, a Nati, le dicen «discapacitada», no «loca» o «histérica». Es ya un cambio en lo que a estigmatización sobre y por las mujeres se refiere. Otro impedimento más, otra vía para borrar la tristeza y el deseo. (Tú y yo hablamos mucho sobre mujeres, me gusta). Escribo todo esto y siento, de cuando en cuando, según qué palabra, que me pongo cachonda. Rozarse, sin querer, con la costura de los pantalones, al altura del abdomen funciona. Nunca experimenté lo de la Nati, pero lo de las «compuertas» era y es de manual. Cuando se abren, o bien me vengo arriba, como un fénix, o bien me inmolo, explosión que afecta a quien más cerca tengo. Inmolarse significa decirle a la persona que te quiere que no te quiere, inmolarse supone sembrar en esa persona deudas y dudas que no tenía, inmolarse significa ser una cabrona sin escrúpulos, un Hyde sin Jekyll. No tener escrúpulos que es lo mismo que ser una puta subnormal, una muchacha novelera, una idiota sensitiva. Me costó encontrar las herramientas necesarias para combatirlo, pero una vez localizado, me digo a mí misma: «no, mi alma, no. Vuelve a frotarte con los pantaloncitos». Al poner todo esto por escrito yo, solo yo, me libero; me encoño con el lenguaje, me enamoro de mí. Ahora esto será un viento lejano, seré aire que arrasa y te permite ver el paisaje, una fiebre. Más que de un cuaderno, esta voz es abono para el pasto, puro exorcismo. Toda esta bola sin sentido aparente, todo este dolor, para qué. A mí lo que me cura la piel, pone la sangre a temperatura, sin tener en cuenta el temperamento, entiendo que me expulsen del idioma por ese ripio, ese giro verbal tan poco sutil, sin gracia, está bien, ya paro, arriba dije: «deja de lacerarte», y parece que no es posible, es escribir. Ahora que… Siéntate tú, guapa, a hacerlo, siéntate tú, mi vida. A ver quién se atreve más, quién tiene más coño. Déjame explicarte cómo tocar unas tetas, cómo se pasa la lengua desde detrás de las orejas, por el torso, hasta llegar al ombligo y tener que apartarte el pelo de la cara porque se te ha metido en la boca, cómo enzarparse con quien no te deja ser como eres. Te quiero, te amo. No hay nadie como tú, eres maravillosa. Cuando pienso en ti siento frío, miedo; me pongo nerviosa, carraspeo. Caminas por la calle y la acera no te roza, te quiero libre y colosal. Te quiero como para decirte cosas que nunca le dije a nadie, te quiero. Solo espero que este sea el peor texto que se haya escrito nunca, solo espero que esta sea la peor declaración de amor. Si me dejasen, me ataría a las alas de un avión y les diría: «que despegue».