Desprenderse

Mire,

Tengo dos entradas en cola, quizá lo hayas visto en borrador y, si no lo has visto, por favor, no las leas, quisiera que fuesen una sorpresa. En cuanto las termine de redactar, las compartiré contigo; hasta entonces, te dejo estos fragmentos de mi diario. He entendido que nunca mantengo un proyecto de escritura en un cajón o, en su defecto, en una carpeta del ordenador. Cuando los veo o los leo, siento un deseo irrefrenable y me tengo que desprender de ellos. La tesis, por contarte algo, me está destrozando los ojos.

20:37 (Día 11)

Las cosas nos hieren, se enquistan como el pelo en la piel. Es un asunto de gravedad. Por fin me he hecho con un cuaderno negro, pequeño, diríase que me hice con una agenda. He anotado escrupulosamente los libros que van a ser leídos por mí este año. Iré añadiendo algunos títulos, despacio, que luego me entra la prisa y también el hambre. Me puse a redactar lo que hice estos días y, de pronto, apareció la voz del futuro, mira. Encuentra el punto que separa lo que he hecho hasta el momento con lo que haré un instante después. Trabajé, coordiné un gabinete de lectura. No comí. Porque no quisiera hablar de aquella no-comida. Fui a la casa de mis padres y dormí allí, porque tienen una impresora en la sala de estar, que es el despacho de mi padre. Terminé la comunicación para un congreso de Literatura y economía. Dormí dos horas. Mi hermano no estaba en casa y su puerta estaba abierta y vacía. Antes, imprimí los tres papeles que iba a leer y corregí los tres papeles que leí. Dormí una hora y media, en realidad. Tiendo a ser muy perfeccionista. No diré que leí citas en inglés, dudo que se me entendiese con claridad. Mi madre tiene la boca hinchada y no puede comer, pero no me dice que le duele, creo que nunca ha comido. Y esto es el comienzo del mal. ¿Quién necesita la claridad? Pero, A., ¿cómo vas a hablar de economía si no tienes formación económica? Viajé en tren, añadí notas a aquellas tres páginas. Me perdí en Valladolid, que es una ciudad fría y gris. Pensé en Miguel Delibes y me rozaron los zapatos, zapatos que no eran míos, sino de S. Me mojé y así me hicieron entrega de una ficha en la que ponía mi nombre para que pudiese hablar en público. No entiendo aún por qué estoy escribiendo esto en el trabajo: esa sensación de haber estado en esa ciudad se disipa. Cuando sé que no voy a verte, I., la alegría también se va, parece lluvia. Hablé en público, me reí, me tomé un café y viajé en tren de nuevo leyendo Las hijas de otros hombres. Dije a L. te quiero. Trabajé. A ti te digo, constantemente, que te quiero. Puse mi cachete contra el tuyo, te toqué el párpado con la punta de la nariz y me dijiste lo más bonito que me han dicho nunca. He trabajado todo el jueves, y sé que hoy no voy a verte. Nos llamamos a la noche, nos llamamos a la noche. Iré a casa de mis padres. Déjame empezar de nuevo. Iré a casa de mis padres, y constataré que es la casa de mis padres. Creemos que es fácil hablar en futuro. Mañana envolveré tus regalos y comeré con P. Espero que te guste, que seas feliz. Tócame la cara y ponla entre tus manos.

17.57

Entré a trabajar a las 10.08h, con la lengua fuera (no permitas que se haga costumbre). He comido un yogurt de fresa y un yogurt de plátano, estos últimos, mis favoritos. Son las 18.02, esto se acaba a las 21.30.

12.17

Hace frío, pero ayer jugamos a billar en un bar, cerca de Lavapiés. Hasta tarde. Lo pasamos bien. Claire dice: «We’re pisces», es divertida. L. e I. nos llevaron a Claire y a mí a escuchar boleros. Tomamos muchos vermut y frutos secos, no hay nada más esencial. Por el momento, he vuelto a la agendita, aquí, sí, en el trabajo. Anoté tres títulos, Nada crece a la luz de la luna, de Torborg Nedreaas, porque: «Algunos días son así… vacíos. Te lastiman por dentro, te arrinconan y te rechazan» (p. 7), también Ojos negros, de Frédéric Boyer, porque, mira, mira: «Siento que voy a llorar. Es una tontería. Cuando me eches de menos, ¿me verás con tus ojos tan oscuros? Un corazón que siente nostalgia por otro y piensa en él seguramente volverá a verlo un día» (p. 13).

Vivo una vida que no posee cuerda alguna, vivo una vida que, sin embargo me asfixia. Sé que es un presente continuo, y que antes vivía en un futuro posible: iba a tener una familia. Ahora, ¿qué poseo, qué es, con verdad, mío? Dice Virginia Woolf en Mrs Dalloway: «I prefer men to cauliliflowers», y ESE fue mi problema. Adiós a casi todo, como decía Salvador Pániker, adiós a casi todo porque, por encima de los hombres, las coliflores me producen un rechazo atroz. Ahora leo de nuevo lo que dice Woolf y me hace reír. Al menos. El tercer libro era este, la Dalloway, por si no me he expresado bien. Me pasa a menudo.

21.10

Vamos a cerrar la librería. Se presentó El nenúfar y la araña. Escribí un poema en el que pensaba con I. dentro de la sesera, en armónicos: «llevo casi un / registro solar bendigo / a nuestros hijos, a / nuestras hijas todas / gimen al compás / del aire / gemimos para que / se condense el / aire una / niña sentada a tus / pies sonríe / y leo su nombre / bajo la sombra de unas / flores». Bonito, ¿no? Armónico, ya traté de decir. (Me río) ¡Le gustaron los ravioli de pollo asado!

Te quiero mucho, Mire.

Esther me envió una foto tuya en la que reías. Hazme el favor y lee La lección de anatomía cuando puedas.

Andre

Jorge Barón Biza o seguir desviando la mirada después del horror

Querida Andrea: ayer me mordí la lengua.

¡Aleja de aquí esa posibilidad de metáfora cárnica! Te hablo en serio. Me mordí la puntita de la lengua justo cuando masticaba el primer bocado de un plato coreano. Cerdo picante, salsa sabrosa, kimchi, vino blanco… ¡qué dolor! Seguí comiendo, por supuesto. Cuarenta minutos más tarde, sufrí mi tercer ataque de pánico en público.

¡Esto tampoco es una metáfora!

Hacía tiempo que no pasaba por esa sensación angustiosa de falta de aire y enérgicos latidos dentro del pecho. Por supuesto que pensé que iba a desmayarme en el portal donde me acurruqué tras salir apresurada a la calle y golpearme con la puerta del restaurante en la cabeza _porrazo que por desgracia estuvo lejos de relajar la situación_. ¡Qué angustia! Los pensamientos negativos concurrían uno tras otro sin posibilidad de desmenuce o clasificación, sin puntuación, agolpándose en mis sienes haciéndolas latir de frente a barbilla, obligándome a retener las lágrimas y la respiración para no descomponerme en gritos o golpes delante de todo el mundo.

Estaba molida. El agotamiento físico es un elemento común que se repite en mis raptos. Esperar una catarsis en lugar de descansar, de buscar el sosiego después de una vivencia intensa, me conduce a este tipo de situaciones.

Hay algo de esa contención furiosa de los ataques de pánico en la manera en que Jorge Barón Biza describe la piel o la carne en El desierto y su semilla y que genera una inquietud sublime. Es ese fenómeno de huída instantánea tras un hito violento que desemboca, o lo hará, en el estrés postraumatico. La narración detalla con riqueza en varios momentos las heridas causadas por el ácido sulfúrico y las sucesivas intervenciones quirúrgicas en el rostro de su madre y se detiene recorriendo sus planos y modificaciones de textura o color negando una interpretación completa de la situación emocional de la víctima, como el que describe un cuadro centímetro a centímetro para una persona ciega sin explicar que al mismo tiempo está representando la figura de un ciervo o de un payaso llorón.

Extraer detalles estéticos de sus consecuencias y refugiarse en la belleza debe ser un mecanismo de supervivencia para escapar del horror. Yo también lo he hecho en más de una ocasión, por ejemplo, ante la muerte de un ser querido.

Sin embargo, creo que hoy esta creencia subterránea de que el dolor es una fuente de belleza es condenatoria para todo un sector de la población: el cultural. Vivir del arte, de forma más productiva o aglutinadora, se sigue asociando con una precarización normalizada que sí, a veces abandera una conciencia de clase. Pero de adorno, pintoresca, de click, un bonito accesorio identitario, casi como un consuelo. Me pregunto si aquellos que nos dedicamos a velar por la belleza no estaremos llevando lejos las consecuencias de nuestro propio estrés postraumático y negándonos un retrato completo de la realidad, entregando nuestros mejores años a la cultura con la excusa de sobrevivir al horror socioeconómico que nos rodea.

Lecturas que todavía están más pendientes después de escribir todo esto:

El entusiasmo, de Remedios Zafra.
Teoría de la retaguardia. Cómo sobrevivir al arte contemporáneo (y a todo lo demás) de Iván de la Nuez.

¿Sugerencias?

 

Buenas tardes, espero que estés bien.

 

Mireia

el lugar de las palabras

Buenas tardes, Andrea.

1. Hoy tengo muchas ganas de leer las memorias imaginarias de Woody Allen.

2. He hecho algunos cambios en el diseño de Lo indecible. He elegido otro tema y como cabecera he colocado un fotograma de Orlando de Sally Potter donde Tilda Swinton y Billy Zane se miran sorprendidos de haberse encontrado. Un segundo más tarde sucederá lo siguiente:

No he podido camuflar el avatar circular donde aparece mi cara con unas gafas 3D de cartulina. Es una foto hecha en Madrid con la cámara integrada de un iMac en 2011. He decidido que, para justificar su presencia, hoy escribiré sobre mí.

Interpreto el sueño de esta noche como una advertencia desde el pasado, no hay retorno. Entre las pocas imágenes que perduran está la de un panel de palancas mecánicas tipo tablero de pinball estilo steampunk que en realidad era la página web de Renfe vista en la pantalla de un teléfono. Intentábamos cancelar mis billetes a Madrid diez minutos antes de la salida del tren porque me había quedado dormida en la destartalada cama de mi amante, entre acogedoras sábanas polvorientas y mantas arrugadas alrededor de los tobillos. Convenía ser educada y avisar a la empresa de ferrocarriles españoles de que jamás llegaría a tiempo al vagón que me esperaba. La posibilidad de cambiar la hora del billete no estaba entre mis planes oníricos. No hay regreso posible a Madrid, pero tampoco estoy segura de que el relato inconsciente se estuviera desarrollando, de hecho, en Madrid.

Dicho esto, ¿qué significa Madrid?

Termino este bloque en una defensa de la significación de situaciones personales a través de los símbolos. El otro día cuando fui a verte olvidé preguntarte sobre el horóscopo. ¡Una pena!

3. Entre mis reflexiones sobre la escritura esta semana están las siguientes:

– Escribir desde mi comodidad es legítimo.
– No estoy banalizando la escritura de la manera adecuada.
– Escribir bien no es describir bien. Me gustan más los libros que describen bien pero los artículos que están bien escritos, conscientes de sus circunstancias y de las posibilidades de ser malinterpretados, también seducen.
– Hay maneras diferentes de construir imágenes. Hacer buenos tebeos implica una responsabilidad mayor que la de escribir cualquier texto que vaya a ser leído sin dibujos.

parafernalia y exoesqueleto

Andrea, dear.

Pienso demasiado en la escritura. El demasiado viene porque mi fijación está en las sensaciones que permanecen tras una lectura, no en la escritura misma. Si pensara menos en el resultado, escribiría más. Estoy en uno de esos periodos abstractos donde no encuentro la claridad de las ideas y parece que todo se posterga (podríamos mencionar aquí el horóscopo, las hormonas o la situación socio política, pero creo que ya sabes de qué te hablo). Ideas negativas que me asaltan: soy una ignorante (que no impostora). ¿Qué hago aquí pretendiendo seguir este impulso narrador? Menuda trampa leer un libro y estar convencida de que lo has entendido. ¡Si eso es imposible! Cada conversación entre dos sujetos es única. En un corro alrededor de un mismo libro podemos intentar diseccionar qué ha querido decir el autor entre todo lo que hemos querido leer los lectores. En los clubs de lectura con el autor presente suele pasar, se escribe una cosa y se lee otra. Al leer se interpreta, siempre. En grupo nos podemos acercar a una idea concreta, ampliando y contextualizando. Haciendo zoom con los deditos sobre el qué-habrá-querido-decir-y-para-qué. Al final el autor, apabullado, abandonará la librería pensando ‘¿Todo eso dije? ¡Para nada!’.

Entre los miles de libros que no leeré, hice una encuesta sobre el primer escritor que me vino a la mente, Bolaño. Mira, mira este ejemplo. Es muy bonito:

***

Estoy en Madrid, ya lo sabes. No creo que nos veamos. He ido esta mañana a que S. alimente mis ganas de leer. Siempre lo hace. Me gusta mucho. Ella es amiga del fliparse y está muy bien. Me pregunto qué ves interpretas tú ahí donde yo encuentro una especie de encantadora ternura rebelde, en su pelo, en su piel, en sus camisas anchas de trovador.

***

Siempre que te escribo me siento una adolescente. Me miro al espejo y veo, cada vez más, a una mujer triste e insegura. ¿Alguna vez llegaré a sentirme soberana de mí misma? ¿Sucederá de forma inesperada, casi por accidente al leerme? Mátame entonces.

Quiero no-ficción

Mireia,

es grato entrar en materia. Acceder a la carnaza de la correspondencia, huir del striptease en solitario. Anoto la película que me dices; ya vi la de Almodóvar, me fascinó. Sus películas tienen ese color que rezuma otra vida que no es la que nos ofrece el sistema precisamente; tienen ese color que solo una vida independiente, y exenta de pamplinas, puede ofrecernos. Cualquier opinión sobre cualquier filme de este señor sería historiar mis sentimientos, recordar quién era yo cuando, por las noche, generalmente, buscaba un canal on-line gratuito y, por ende, quite illegal para verlas. Todas. Una por una. Mi favorita es Todo sobre mi madre, ¿cuál es la tuya?

Me gusta mucho la disposición de los párrafos porque es tu manera de comunicarte conmigo. Por ello, gracias. Y gracias por este puente que has tendido entre las dos, que nos permite ponernos a charlotear. Hemos convivido en el mismo espacio muchas horas, y también nos hemos gastado bromas, hemos hecho fotos, hemos comido juntas un día en la Plaza del 2 de mayo al sol. Pero no nos hemos mirado a los ojos cuando hablábamos. Muchas veces, reprimía cosas que decía, o quería decir, porque cuando tú abrías la boca me sentía obsoleta, rancia; pensaba que no estaba aprovechando la vida que se me había regalado. Llegué, incluso, a pensar que actuaba bajo una visión profundamente tremendista y paternal. Me contabas un disparate y me salía cuidarte, me venía un chorro de cordura que no era más que un afán desmedido de control, gestión del otro. Antes quería ordenar la vida de los demás, ya no. Y tú estuviste, estuviste cuando definitivamente quedó en evidencia que toda esa histeria mía era infundada. Me viste ahogarme con mis propias manos, me cobijaste cuando ni siquiera tú eras refugio. Mireia, te quiero porque retiraste mis manos de la garganta y me enseñaste que me estaba haciendo sangre. Me corté el pelo y aún sigo con lamentos. Sé que ahora me dirías que crezca (yo), porque él (mi pelo), también lo hace. Pero te soltaría una sarta de estupideces eruditas y me quedaría tranquila. Y no hago eso ya o, al menos, procuro no hacerlo. Ya ves que estoy en rehabilitación lógica, esto es, rehabilitando lo que me dijeron que tenía que ser un sistema lógico: mi vida. Me acompañaste, Mireia, fuiste mi acompañante. Y me cuidaste, de la mejor forma que supiste, que pudiste, salió así: me cuidaste. Cuando dejé de cuidarme y de cuidar a los demás.

El que es digno de ser amado me lo recomendó Clo, y yo, a mi vez, le regalé el librito a mi mejor amigo, a Pablo, no es el Pablo que tú conoces, es otro, que también me cuida y que me quiere. Y que también estuvo ahí cuando dejé de ser una persona y pasé a ser una patata. Ella lo hizo en un gabinete de aquí, de La Central, con el autor. Para el momento que lo leí, estaba hundida. Había besado a una chica. “Tú eres lesbiana”, oigo de vez en cuando. Bueno, está bien, pienso. El caso es que Abdellah Taia, en su libro, incluye una carta ficticia en la que un amante del propio Abdellah le confiesa ese amor que nace del desconcierto y que, pese a la impresión de grandeza y de eternidad, ese amor se esfuma. Otra cosa de las que aprendí antes de que te marcharas fue la siguiente: el amor mueve montañas, pero no debe ser un pensamiento digno de hegemonía. Mireia, el mundo no es esto o lo otro. Es Lo Indecible. El amor no es de nadie y no duele.

Me alegra mucho leer lo de tu club de lectura; cuando vi que se celebraba quise estar. Te imagino todo lo larga que eres tirada encima de una mesa con un lápiz subrayando las frases que más te gustan, que más han captado tu atención, y eso es complicado, y contándoselo a alguien entusiasmada y con los ojos bien abiertos. Mascando chicle. ¿Sabes? El otro día Rosa le regaló a la Eva Baltasar su libro en la última sesión de mi gabinete y fue muy bonito. Ojalá hubieses estado allí conmigo y nos hubiéramos apretado las manos.

Siempre te digo que te quiero, y es así. Escribe tu novela. Yo estoy enfurruñada con mi diario.

Estoy leyendo muchos libros a la vez, pero Las hijas de otros hombres es la hostia. Te va a encantar, pídelo, es gloria bendita.

Besos.

P.D.

Eran verdes las / colinas, siempre / supe, horizonte / limpio, siempre/ supe: el verso no escrito, será, / lo siento, el / mejor. yo / no tengo imaginación / para la / cordura, / perdóname / la tristeza.

AQUÍ NO HAY FICCIÓN SI USTED NO QUIERE

Querida Andrea:

Me cuesta escribir de seguido. Quizá no he desarrollado nunca esa habilidad y ahora estoy segura: podría escribir una novela. Una larga, una corta. Lo que fuera. Pero no he sentido la dedicación por el tiempo así. De momento, he pasado de acumular libros frenéticamente a leerlos. Ya es algo. Vayamos por partes.

Te digo esto porque aquí hay suficientes borradores que no llevan a ninguna parte y no hacerlo, no conducirnos a nada en particular, no les va a restar valor en un lugar como este. Así que he decidido que los voy a publicar separados por asteriscos, y que sea lo que el lector quiera.

***

Buenas noches Andrea.

Vi La piel quemada y ahora me he desvelado pensando en la mujer ansiosa que huye de no se sabe muy bien qué. En concreto en aquellas a las que representa Marta May en esta película, que lo hicieron, huyeron de algo, hace cuarenta o sesenta años, a modo de goma elástica sujeta por el otro extremo al marido-avanzadilla que migró a otros pueblos o ciudades con más y mejores posibilidades laborales y arrastraron tras de sí el ingenio disciplinado hacia la entrega absoluta a lo doméstico. Sin posibilidad para experimentar con el deseo y otras investigaciones, encerradas en casas que son cuevas y después en edificios altos que son proyectos carcelarios a gran escala en grandes avenidas con vistas directas al supermercado. ¿Cómo eran? Así no eran. No eran tampoco como la dibujo yo ahora, ni como la sigue dibujando Almodóvar con Penélope Cruz en Dolor y Gloria. Vehículos para la ternura. Se me mezclan los dos personajes, es curioso. Han pasado los días y no recuerdo en qué película vi qué escena, es como si una fuera la continuación de la otra. Pero bueno, que ahora no importa más, pero que vaya retrato de mujer gris nos han dejado de nuestras abuelas. Y que veas las dos, que son preciosas.

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***

Querida Andrea:

Creo que tengo apenas once días hábiles al mes en los que podría escribir. Toda la vida tratando de explicarme esa intermitencia, utilizando calendarios, aplicaciones menstruales, medidores de temperamento, la página web de la AEMET y las matemáticas. Dicen que al final es cuestión de disciplina, de fabricarse los momentos, de empeñarse. Pero hay días donde una nube en el cerebro no me permite salir de la cama. Y otros días donde solo quiero salir y vivir. Porque yo ya siento que tengo una edad (bueno, lo he sentido siempre, pero ahora más), y no puedo permitir que me hagan perder más el tiempo. Necesito leer cosas que me molesten y me escandalicen. El otro día pasó. Me leí El que es digno de ser amado, de Abdelá Taia. Recuerdo que al poco de que llegaras a Callao, a nuestra planta, me lo recomendaste. O se lo recomendaste a alguien. O Valenzuela lo hizo. Ahora no lo puedo saber. Pero quedó grabado en mí como lectura a la que prestarle atención porque quería ser más como tú, más como vosotras.

Creo que nunca hemos hablado de esto. Lo importante que fue vuestra llegada para mi posterior toma de decisiones. Algún día, si llega a importarte, te lo explicaré. Porque yo todavía me estoy empezando a dar cuenta, y será precisa una conversación en la que vea tu cara para poder entrar ahí, en todo lo que no nos hemos dicho desde entonces y tampoco habíamos dicho antes. Y esto no es una conversación, esta soy yo hablando de manera por lo pronto unidireccional y reflexionando más bien poco, hasta que me digas lo contrario.

El caso es que lo leí. Lo programé dentro del club de lectura con ese propósito y ha funcionado no solo para mí. Lo he leído junto a un montón de gente. Y después nos sentamos a hablar del libro, teniéndolo todavía tan reciente, resonando, todo lo incómodo, lo bello, y lo incomprensible. Lo pasamos muy bien. Lo desmenuzamos. Lo entendimos de todas las maneras posibles. Cómo me gusta el club de lectura. Creo que te alegrará saber todo esto. Espero que sí. Además, podrás acordarte de ese epistolario de cronología invertida, de la multitud de voces que hay ahí  metidas, de formas de amar y de no dejarse amar.

Te mando muchos besos.

Mireia.

 

Mercedes Soriano

Buenos días, Mireia. Es verdad que te iba a escribir en torno a Mercedes Soriano, la autora madrileña nacida en 1953, unas líneas, pero aún sigo leyéndola y conociendo, en consecuencia, un poco más de su obra. Sus textos se editaron en Alfaguara, ni más ni menos, pero el ejemplar que tengo en la mano de Historia de no, es de Círculo de Lectores. Las medidas del librín son similares a las de los libros que edita Wunderkammer ahora, para que te hagas una idea somera de lo que es tener este título entre las manos.

La primera vez que escuché algo sobre ella fue en boca de Natalia Carrero, la lectora común, en un congresito que se hizo en Alcalá de Henares hace unos años, cuando pensé que podría profesionalizar mi prurito intelectual. Si no recuerdo mal, Carrero dijo que ella había conocido a esta escritora a través de Gopegui, pero no sabría darte un sí o decirte algo definitivo sobre esto. De esta voluntad, de aquel ánimo académico, resquicios, ya lo ves. Pero se me ha quedado un deje insoportable. De vez en cuando, un destello informe que se me pasa rápidamente cuando entiendo que prefiero leer antes que escribir, y que, por encima de aquello, quisiera desterrar la forma en la que me enseñaron o reeducaron a leer en la facultad.

Abominemos de la teoría. Adiós.

¿Por qué teorizar?

Si volvemos sobre la verdad del caso, me encontré este libro en Tik Books, cerca de La Central, no sé si recuerdas todavía dónde queda. Vacié las monedas que tenía sobre el mostrador y me lo llevé. Seguidamente entré a trabajar.

Te dejo con ello.

«Pero, en el otro extremo de la tensión, aparece ese duende monstruoso que no cesa de hacerse preguntas ni de noche ni de día. Cómo atreverse a decir que “los hechos son simplemente necesarios”. Qué sucio significado encierra esa afirmación, por qué ha usado el término “sucio” y no “agradable”, “oscuro” o “poético”. Si introduce su persona en escena y se enfoca, entonces lo que ve es tan recio como lo visto hace unos instantes. Por eso, a menudo intenta no aparece en ningún plano, ni siquiera en los más generales. Mas si, dejándose llevar por cierto instinto de vida, recibe su propia imagen, entonces es automático cerrar los ojos y repetirse “esto no puede seguir así”. Y cuando sucede, es inminente la ansiedad por “lo otro”, algo que debe existir escondido en alguna parte, eso otro que no alimente esta continua inquietud de verse. Algo como una luna semientera y blanquecina, esas lunas que aparecen, intempestivamente, sobre un cielo luminoso de sol, un asombroso sol de febrero, por ejemplo, unas lunas ahí colgadas que parecen un espejismo de soles. Un presagio. Algo como un burbuja de vidrio irrompible por la que moverse siempre con el mismo movimiento sin preguntarse qué clase de ritmo es éste, por qué este ritmo y no otro, por qué seguirlo. Una esfera sin preguntas, plácida como la digestión del gato, acompasadamente deslizándose sin fin. Un lugar donde solo la contemplación sea posible, una contemplación sin escándalo ni zozobra. Qué rara crueldad es la de la vida, que permite este pensamiento y no permite que se concrete. Pulverizar el horario, no las horas —dulces horas antiguas—, pulverizarlo con sólo hacer una mueca o un gesto obsceno con los dedos. Pulverizar esta visión de la propia persona consumiéndose y esa corriente, tenue pero constante, que conduce a las tinieblas. Tan tenue y tan equívoca, omnipresente en el propio organismo como un virus.»

«¿Cómo fue que te quedaste tú a vivir en casa? Pregunta primera: ¿tenías llave? Pregunta segunda: ¿dejabas allí tu ropa? Pregunta tercera: ¿dabas aquel número de teléfono? Sí, todo eso sucedió. O sea, te quedaste, nos quedamos: la desembocadura lógica de los años conduce a permanecer juntos en un mismo espacio, varados en un estiaje lentísimo. Decías “te quiero” mientras picabas la lechuga o ponías los discos en orden, lo decías en voz alta, desde un púlpito. “Te quiero”, un spot publicitario, la voz de la experiencia, torpe jerga del amor. “Te quiero”, noches en la misma cama, esperar el fin de la jornada, quince días de vacaciones en otro lugar que nada cambian, un domingo comida en casa de tus padres, otro domingo comida en casa de sus padres. Ceremonia encadenada, dimensión de futilidad, lenguaje corrompido, rudeza de tactos, rostros nuestros sin referencia. Más espantoso cuando, en los momentos de absoluta ignorancia del otro, se echa mano del pasado: “¿ya no te acuerdas…?, “¿cómo puedes prescindir…?” Olor a nave rancia de iglesia.»

(Acabo de aceptar una ventana que me ha salido al paso en esta página de internet, con la que, realmente, no sabía si estaba de acuerdo.)

De buen grado te adjuntaría en este post una fotografía de ella, pero en internet no hay. En El País, si se introduce su nombre en la hemeroteca digital tan solo hay tres artículos.

Su nombre solo aparece dos veces en dos volúmenes académicos obsoletos.

Un beso.