Recordatorio: pronto escribiré sobre Sara Mesa y Margarita García Robayo, lo prometo; el de la Morales aún se está perfilando.

Mireia, la debilidad. Incapaz de leer o escribir, aúno esfuerzos, me siento delante del ordenador, del teléfono. Activo la localización y agoto la batería. Busco piso. ¿Busco piso? Lo busco. Apenas duermo, no sueño con nada o no lo recuerdo. Siempre voy con prisa, apenas sé quién soy, y quién sí lo sabe. Nadie me dijo o nadie me ha dicho eso, que voy con prisa, y con cara de preocupación, realmente. ¿Tengo prisa, estoy huyendo o, sencillamente, el movimiento me genera bienestar? No sé qué exposiciones hay en Madrid, no quiero hacer planes, me consumo mirando el horario del trabajo. Esto es la tiranía de la pantalla. Me han recomendado libros que no quiero leer. Realmente pienso que nunca llegamos a conocernos mucho cuando trabajamos juntas, siento que el vínculo se ha intensificado de otra manera a través de otros modos. Y está bien. Y, sin embargo, hay mecanismos de destrucción, de hacerse públicas, de exhibir nuestra intimidad que nos nombran. Y no, no quiero vivir. No así. A veces me gustaría saber qué está sucediendo exactamente, y digo exactamente porque querría disfrutar, la verdad, de un poco de exactitud. Si no me adolece nada, si realmente no sucede nada, ¿qué me está pasando? ¿Me va a bajar la regla? | Vie 12:48h. Me voy a duchar, a ordenar los libros de mi habitación.

Jue 11:22

Jue 11:22

Tuvo que pasar tiempo, aunque seguí sin comprender. Me avergoncé de aquel libro, me avergonzaba. ¿Por qué lo escribí? ¿Qué quise decir? ¿Para quién estaba hablando? Soñaba frecuentemente con él, su significado me causaba náuseas. No sé si te conté. Lo cogía, lo estampaba contra la pared, lo pisaba, profería amenazas brutales, me ensañaba con cada una de sus palabras. Lo miraba y decía: «No hay nada peor que parir un hijo muerto, joder». A la noche me metía el puño en la boca hasta que sangraba. No, no creo que te contase. En aquellos momentos, trataba de gritar, conseguía escucharme, estaba ahí mismo. Era monstruoso. Un día, para darme un suspiro, pensé que nunca había sido indulgente conmigo misma, que me había contado la historia al revés. Armé una red de suposiciones que actuó como consuelo unos meses, es verdad. «Considerarme a mí misma» pasó a ser «tener consideración hacia mí», dejar el relato oscuro, no creer que era mala persona, no atiborrarme de veneno, no escuchar lo que mi madre no me decía, pero sí pensaba. Abandoné los ojos que te observan por no escupir, evité sentirme señalada, marcada. Dejé los cortes en la tripa, me puse tiritas en los dedos para no ver el hueso que había bajo la carne. Comía regularmente, volví a dormir. Regresé sobre el bultito que me había salido en los labios, lo toqué, lo zarandee. Había estado meses creyendo que tendría algo malo, que debía pedir cita al ginecólogo, que me moriría. Pero no, tan solo era un granito, un granito que me deleitaba ver crecer porque no sabía muy bien qué era, porque no me atrevía a preguntarle. Recuerdo aquellas semanas con mucha viveza, también con frialdad y desidia porque habían conseguido ausentarme de mi vida cotidiana. Llegué a sentir que no tenía nada que pudiese decirse «mío», menudo cuento. Nos inventamos de tantos modos distintos para parecer interesantes, agotador. Si me pides que enumere todas las cosas que me he dicho, prepara una cama, un té o una copa: soy todo vanidad. No sufría demencias, no tenía problemas. Cumplía a rajatabla con las columnas del horóscopo: salud, amor, trabajo, dinero. Pero, ¿qué me pasaba? Lo poco que leía y retenía fueron dos textos a los que llegué por mediación de suplementos culturales. Ambos dieron respuesta a dos huecos cilíndricos, esbeltos, brillantes. Por un lado, Permagel, de Eva Baltasar; por el otro, Lectura fácil, de Cristina Morales. Uno me concedió la gracia, pude hacer mi propio chascarrillo y hablar de cómo es acostarse, de cómo es follar con una mujer. Para la catalana es un Pollock, para mí —claramente— un Rothko. El otro apropiarme de un término que por fin ponía nombre a lo que me sucedía, el «síndrome de las compuertas». A Nati, una de sus protagonistas, le asediaba con frecuencia. En pocas palabras, consistía en poner el automático, en obcecarse, en pronunciar todo lo que se te pasa por la mente, en ser ella ante los demás sin filtros. Gritar: «puto-fascista-neoliberal-chungo», y qué. ¿Qué? Sí, a ese personaje, a Nati, le dicen «discapacitada», no «loca» o «histérica». Es ya un cambio en lo que a estigmatización sobre y por las mujeres se refiere. Otro impedimento más, otra vía para borrar la tristeza y el deseo. (Tú y yo hablamos mucho sobre mujeres, me gusta). Escribo todo esto y siento, de cuando en cuando, según qué palabra, que me pongo cachonda. Rozarse, sin querer, con la costura de los pantalones, al altura del abdomen funciona. Nunca experimenté lo de la Nati, pero lo de las «compuertas» era y es de manual. Cuando se abren, o bien me vengo arriba, como un fénix, o bien me inmolo, explosión que afecta a quien más cerca tengo. Inmolarse significa decirle a la persona que te quiere que no te quiere, inmolarse supone sembrar en esa persona deudas y dudas que no tenía, inmolarse significa ser una cabrona sin escrúpulos, un Hyde sin Jekyll. No tener escrúpulos que es lo mismo que ser una puta subnormal, una muchacha novelera, una idiota sensitiva. Me costó encontrar las herramientas necesarias para combatirlo, pero una vez localizado, me digo a mí misma: «no, mi alma, no. Vuelve a frotarte con los pantaloncitos». Al poner todo esto por escrito yo, solo yo, me libero; me encoño con el lenguaje, me enamoro de mí. Ahora esto será un viento lejano, seré aire que arrasa y te permite ver el paisaje, una fiebre. Más que de un cuaderno, esta voz es abono para el pasto, puro exorcismo. Toda esta bola sin sentido aparente, todo este dolor, para qué. A mí lo que me cura la piel, pone la sangre a temperatura, sin tener en cuenta el temperamento, entiendo que me expulsen del idioma por ese ripio, ese giro verbal tan poco sutil, sin gracia, está bien, ya paro, arriba dije: «deja de lacerarte», y parece que no es posible, es escribir. Ahora que… Siéntate tú, guapa, a hacerlo, siéntate tú, mi vida. A ver quién se atreve más, quién tiene más coño. Déjame explicarte cómo tocar unas tetas, cómo se pasa la lengua desde detrás de las orejas, por el torso, hasta llegar al ombligo y tener que apartarte el pelo de la cara porque se te ha metido en la boca, cómo enzarparse con quien no te deja ser como eres. Te quiero, te amo. No hay nadie como tú, eres maravillosa. Cuando pienso en ti siento frío, miedo; me pongo nerviosa, carraspeo. Caminas por la calle y la acera no te roza, te quiero libre y colosal. Te quiero como para decirte cosas que nunca le dije a nadie, te quiero. Solo espero que este sea el peor texto que se haya escrito nunca, solo espero que esta sea la peor declaración de amor. Si me dejasen, me ataría a las alas de un avión y les diría: «que despegue».

Mireia, ‘Permafrost’, de Eva Baltasar.

Lo que hace Houellebecq en Serotonina está bien. Un tipo se aburre, y esto es casi todo. Ahora, desde nuestra óptica, desde nuestra elegancia posmo, no es solo que un tipo se sature engullendo —qué palabra tan bonita— su propia baba, sino que, además, te lo cuenta. Y esto, ¿por qué es interesante? ¿Qué puede haber de atractivo en un machirulazo, egocéntrico, hetero, occidental y cis? Pues, sencillo: relleno. Porque no basta con usar las palabras, sino que también hay que darles un sentido, una dirección. El texto del autor de Plataforma o Sumisión, ni siquiera se esfuerza. Pienso en Velázquez retratándose a sí mismo pincel en mano; pienso en Michel Houellebecq, también con un espejo en la mano, en el retrete de su casa, mientras se fuma un cigarrillo. Los dedos, completamente amarillentos, deslucidos, las uñas, eso sí, pulcras, al ras. Azulejos blancos, cuadrados, como de un palmo, pero solo hasta la mitad de la pared, el resto es yeso por las buenas. La cadena cuelga del váter. Apenas le raspa los últimos pelos de la cabeza, que están como electrizados. En fin. Que es una oda a lo básico, lo normalizado; en una palabra, o en varias, al sujeto hegemónico. Sí, esto es un poco lo que ha contado Carlos Pardo en El País. O, quizá, no tanto. Pero igualmente gracias, Houellebecq, gracias. También a ti, Carlos. Cada vez que me pare ante un hombre y me apetezca reprocharle con un: puto gilipollas, sabré exactamente de qué pasta está hecho. Ahora, lo que nos interesa. ¿Qué tiene que ver esto con el libro que ha escrito la Baltasar? Creo que, más o menos, lo que sigue. Los sujetos que no son hegemónicos, que no son o, al menos, que no parecen ser representantes o representativos de casi nada, sorpresa, también se aburren. Y si de aquellos polvos vienen estos lodos, y si de: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, entonces, ¿puede una lesbiana ABURRIRSE? Claro, no de forma natural, quiero decir, no sé, ¿nos aburrimos las lesbianas? Porque yo creo que n… Perdón, perdón (se ríe nerviosamente, mientras se pone el pelo detrás de las orejitas). El Permafrost, de Eva Baltasar va, y no lo ha dicho ningún medio, más allá de bruscas vaguedades, de una lesbiana, sí, lesbiana, no de una mujer que es libre de experimentar con y desde su deseo, que se aburre, que ha estudiado historia del arte, que tiene relaciones tóxicas, y que las mujeres de su familia son un auténtico peñazo, al igual que ella. Porque ella también sabe que lo es. Michi Panero advirtió ya de esto: Lo peor que se puede ser en este mundo es un coñazo, y mis dos hermanos son un coñazo que me han torturado toda la santísima vida con la historia de la literatura y con sus personajes literarios… ¡Anda y que me dejen en paz! Y es maravilloso, de verdad, es tremendo que la palabra lesbiana esté tan llena de cosas que en nada tienen que ver con llevar el pelo corto, vestir como un hombre, mantener actitudes patriarcales en imitación a tipos, repito, tipos como el cabronazo que describe Hoellebecq. Es maravilloso que ser lesbiana no esté atado al rechazar a un tío en una discoteca, y que te diga, al decirle que eres bollera, que es porque no has probado r… No, no y no. Una bollera es otra cosa, y que no se olvide, que esto también es importante, una bollera es una mujer. Y una mujer también se puede aburrir (menos mal que por fin lo dije). ¿Qué pasa, no se aburría ahora Anita Ozores en La Regenta? Así se toma un sujeto-no-hegemónico y se llena de cosas; así se toma un sujeto-no-hegemónico, no representativo, según parece, de nada y se pone a habalar, a chillar, a decir que se quiere suicidar. Así se pone alguien a decir que se muere por hacer el amor con alguien. Que ese alguien sea otra mujer. Ese es el relato: alguien que, en realidad, es cualquiera, y que se ha puesto a hablar y nadie, absolutamente nadie, le ha cortado el timbre, el tono, el turno de palabra. La Martín Gaite lo vio, en su momento, clarísimo; lo vio clarinete cuando tituló a sus conferencias, que conferenciar, de existir el verbo, es hablar en público, es volverse público, es ser, en definitiva, algo para una coelctividad, Pido la palabra. No sé, como amante de Hello Kitty, en el caso de serlo, también quisiera tener relato; quisiera saber que, sea cual sea mi voz, mi posición, mi postura política, mi postura a la hora de follar, tengo no solo el derecho sino la capacidad de tener narrativa. Por lo que gracias, Eva. Gra-cias. Brava. Y, eh, Eva. No nos dejes nunca en paz. | Ahora, perdóname, Mireia. Nunca he estado tan irreverente, tan fuera de papel como ahora escribiendo esto, pero estoy cansada, es tarde, y llevo toda la tarde trabajando. Que te quiero, reina.


Mireia, ‘Memoria del aire’, de Caroline Lamarche.

Busqué un adjetivo para acercarme a la escritura de Caroline Lamarche, pero entendí que no sería capaz. Me ahorré un buen dolor de cabeza, también evité que mi título universitario se descolgase de la pared al mirar, entre atónita y confundida, el suelo para preguntarme: «Qué antes, ¿el tornillo o el marco?». Debía efectuar un cambio, al menos, desviarme de la trayectoria que quería imprimir a estas notas. Así que opté por sentarme, sencillamente, a escribir algo; casi todo, un rosario vago, no lo sé, de impresiones.

A bote pronto, no creí que el texto de Lamarche constituyese un libro, sino, más bien, un objeto, hoy lo sé. Rumié esta idea tras, primero, terminar la lectura de Agamben, ¿Qué es un dispositivo?, y segundo, al finalizar el ¿libro-objeto? La memoria del aire (Tránsito, 2018), de la autora belga, en soi-même. Cuando leí la frase que escribiré de inmediato, la compartí en mis redes sociales favoritas, porque me pareció de lo más razonable: «Al final yo no decía nada, resistía como el aire». No empleo gratuitamente la palabra «razonable», si lo hago es porque, decididamente, quiero subrayar, por un lado, la razón que articula la voz de la escritora, valga la redundancia y, por el otro (claro está), mi intelectualidad de pastiche. La razón, porque se trata de una razón femenina, que no feminizada, y, además, de demiurgo; un deseo luminoso atravesado por una red heterogénea de elementos, que se pueden resumir en uno solo: una relación de amor, de amor romántico entre dos personas. Ahora, como cualquier tejido, esta red se compone tanto de un saber, una maestría o una sabiduría, como de un poder. Mi pregunta fue, en apariencia, simple, pero me dejó perpleja al efectuarla. En el vincularse a alguien, ¿quién ejerce, ostenta o aplica el poder? ¿quién, entonces, sabe? ¿quién, por lo tanto, conoce, a partir de la observación, la natura de esa jerarquía tan aleatoria? Sí, absolutamente azarosa. Lamarche me ha enseñado esto: el amor te sitúa; te dota de contexto, pero no te da opciones. Sabes que amas porque estás amando, y tu razón es, sin duda, una razón de amor. El ocupar una posición, te priva del lugar del otro y al revés. ¿Explicación? ¡Pero si la explicación escapa de cualquier planteamiento lógico, de cualquier postulado matemático! Y esto fue lo que tanto me gustó, lo que me hizo volverme loca; lo que me condujo, en definitiva, a escribir lo siguiente: «A veces, siento que te quiero tanto, pero que te quiero tanto, tanto, tanto que me imagino clavándome un cúter en la pierna una, y otra, y otra vez mientras me río a mandíbula batiente, a carcajadas, mientras te veo llorar; mientras llamas, fuera de ti, a emergencias».

Hiciese lo que hiciese Lamarche, lo consiguió. No necesitamos, en fin, que nadie nos diga que estamos queriendo, ya sea a algo o a alguien, porque es una pared blanca, un telar; un taller en silencio. Cada uno de nosotros, somos testigos, para bien o para mal del amor, de nuestro amor. Carmen Martín Gaite dice, a este respecto, algo bastante agudo: «es como jugar al tenis sin pelota». Describir el amor, explicar lo que sucede en la intimidad, volverlo público, es hacer del lenguaje de la no protección, un refugio contra la nada. Es, como decíamos, jugar al tenis sin pelota. Así que, si introdujésemos la violencia en esta ecuación, en todo lo que se está diciendo aquí, ¿qué sucedería? Si cuando me senté a leer a Lamarche, me pensé serena, se me pasó de pronto.

El dispositivo funcionó. Si se puede explicar por escrito un morreo, un beso largo, un mordisco, se puede también o, mejor, se debe explicar un bofetón. Un atropello; una ruptura de relaciones. Cómo se rompe el amor. Es la única manera, el único modo de saber de qué estuvo hecho. 

La memoria del aire | Caroline Lamarche | (Tránsito, 2018)

P.D. (Bien, ahora solo, ¡solo!, me falta hablarte del ‘Permafrost’, y de ‘Lectura fácil’).

Mireia (2)

Quisiera contestar con Minusvalía, de Astrud, pero no me lo puedo permitir. Mientras escribo, dejaré que se escuche: «Entiendo que digas que soy un desastre, pero es que es mi cerebro, no me siento responsable». Mireia: me parece bien Lo indecible —de verdad —, aunque no lo sienta como mío, mío. Para mí, es de las dos, de-las-dos. Me aceptas esto. También que sea algo respondona; que matice aquello que nos concierne a ambas: el decir y el leer. Porque esto es un leer, un decidir para decir, y en toda regla. Quizá escriba todo de corrido, porque no sé bajar al párrafo siguiente (puaj, un cucurucho hervido, un párrafo mal cosido de una operación de apendicitis, comida amarilla, un libro caliente, lamer un cenicero con cigarros Fortuna, ponerse de eme y llenar el mundo de amor, fingir, importunar a alguien con nuestras penas por internet, permitir que alguien te sermonée diciendo que sabe mucho de literatura, menuda gilipollas, qué de cosas que dan asco). Me gusta visitar la correspondencia, tomarla como hábito, y que sea virtual. Extraer de su práctica, (casi) toda la teoría: dices que escribes sobre lo que tienes más a mano, que es un libro de Goytisolo donde se fanfarronea. Con lo que dedudzco: escribir una carta permite hacer que lo de afuera entre dentro. Dices que existe cierto regusto a Giráldez, te cuestionas el tono, el traje cortado a medida, que muchas veces es la ironía. Siento que hay muchas cosas que no nos atrevemos a decir, supongo que es algo que nos une. Con lo que traduzco: escribir una carta permite establecer asideros, nombrar a los cómplices de nuestra lengua, que no son otros que los escritores y las escritoras a las que hemos leído con relativa pasión, pastillazo efervescente, jarabe para la tos. Dices que me dejas fotografías, y que ojalá encuentre palabras para hablar —lo anotaré aquí de forma completa, ya que estamos haciendo esto público—, del premio Herralde concedido a Cristina Morales. Con lo que resumo: me prestas tus ojos, me exhortas, me pides que hable y, un poco, me zarandeas. Es casi una bofetada que agradezco, escupiendo sangre por la boca, metiéndome las manos en los bolsillos, bostezando. Escribir una carta es pedir, sin saber muy bien a quién, que te haga una crónica de su mirada; de todo aquello que intercepta la visión, generoso nervio, finísima óptica. Lo que es hermoso del observar es el tiempo que transcurre en esa mirada, y que encima se pueda medir. ¡Medir! Súper loco, ¿eh? What’s next? ¿Flipar con lo buenísimas que estamos? Déjame que te transcriba lo que pienso de Morales, y también del Permafrost, en la próxima. Estoy ordenando los post-it en los que, según leo, se dicen cosas como: nos esforzamos mucho en expresar lo que nos ha gustado una novela (me he dado cuenta, la gente es pesadísima). Nos esforzamos mucho en no querer escuchar por qué a otra persona no (me he dado cuenta, somos finitos). Coño, alguien que te dice que no, es que no. Será por algo. Un no, no significa haber pasado de puntillas o no haber leído con atención; un no, más allá de todo, lleva consigo un mensaje. Si me tomase un trozo de tortilla lo vomitaría, sé que a todo el mundo le gusta, pero a mí no. Algo así he querido decir y no me ha salido bien, espero que se haya entendido en parte. Va la traca final: todo tiene que ver con el arte o la plenitud de volver a casa. Y desde luego Goytisolo es un puerto pesquero. Los libros nos cuentan cosas inimaginables. ¿Qué quieres que te diga? Ya no estoy como para comulgar ni ir a misa. «Créeme si te digo, que no es culpa mía; que más bien se trata de una minusvalía. Que solo me importa lo que no me importa, y tú claro que me importas, por eso no me importas. Espero que ahora esté todo más claro. Yo tengo que irme porque he quedado. Aquí al lado… ¡Llevaaabas raaazóoon…sooobre tú y yooo!» (Más alto, que no se oye nada, ¡grita, grita, grita! Joder, que me gusta esta canción de los cojones). Va, en la siguiente te copio limpito lo que quiero decir de Lectura fácil y del Permafrost.