El comienzo de la novela

Mireia, te dejo el comienzo de mi novela, que aspira a ser una nouvelle o ensayo autobiográfico. Escribir me sana; no hacerlo, he comprendido al fin, me enferma. Por eso, gracias, de nuevo, siempre te las daré, por abrir este blog. Por tenerlo juntas.

La novela se llama ‘Vida común’.

60% Lun 22:49

«Los días caen y sorprende su caída. Hoy compré comida con S., cambié un vestido para una boda, dos veces, y fui al dentista a la tarde. Caminé con mi madre por el centro de Madrid, porque tuve miedo y le pregunté si me acompañaba. De ahí el paseo en común. No teníamos nada que decirnos, ambas estábamos muy lejos. La conversación tenía un aire profesoral por mi parte, algo vacío; por la suya, un interés desmedido por los sucesos del corazón, lo mucho que se notaba el descuento que me habían aplicado en la tienda y si comía o no comía. La última vez, me advirtió que se me caerían los dientes, el dentista, no mi madre. Ella se limitó a señalar el fin comercial de afirmar esto. Lo repitió varias veces, a mí me quedó claro. No nos hemos dicho nada, pero ella estaba más contenta porque lo que llevaré a la fiesta es mejor que lo que compré en un primer momento, aunque siga siendo ‘una bata’. Seguramente no le envíe ninguna fotografía. Mientras esperábamos que dijesen mi nombre en la sala de espera, consultaba su teléfono móvil con avidez, por si encontraba algo que yo no hubiese visto. De pronto, ha dicho, ‘no sé muy bien por qué estoy haciendo esto’, y se ha guardado el teléfono en el bolso. Estos suspiros los retengo para mí, y son cosas pequeñas que me atenazan el corazón, tan diminutas y tramposas que, cuando se las recuerdo, me dice que no, que no ha dicho eso, que no es verdad. Solo digo mentiras, soy una mentirosa. Y esto tampoco se dice, que soy una mentirosa, al igual que no se dicen muchas otras cosas: si mientes, eres una mentirosa, no hace falta expresarlo con esta claridad u otra. Y quedan por el aire, lo impregnan todo. Saben a hierro, como cuando sangran las encías al cepillar los dientes rápido, sin ganas. Entiendo que rabio por no abrazarla y que ella también por el hecho de que me haya ido de casa. Mi cuarto ahora es un agujero blanco donde no están mis libros, donde no hay nada. Pero no se dice, porque tal vez nos enseñan y educan en el silencio. Será eso, no lo sé. Si no le envío nada de la fiesta, pienso ahora, es porque estoy rabiando y cuando esto sucede las imágenes pierden el color que, en teoría, les es natural, por la luz. Al despedirnos, lo más probable es que nos hayamos dado el peor beso del mundo. La fotografía era esa y estaba muda. Me ha dicho que la semana pasada tuvo el dedo pequeño del pie negro porque se le rompió. Al parecer, los médicos nunca hacen nada a este respecto.»

Te quiere mucho,

Andrea

Desprenderse

Mire,

Tengo dos entradas en cola, quizá lo hayas visto en borrador y, si no lo has visto, por favor, no las leas, quisiera que fuesen una sorpresa. En cuanto las termine de redactar, las compartiré contigo; hasta entonces, te dejo estos fragmentos de mi diario. He entendido que nunca mantengo un proyecto de escritura en un cajón o, en su defecto, en una carpeta del ordenador. Cuando los veo o los leo, siento un deseo irrefrenable y me tengo que desprender de ellos. La tesis, por contarte algo, me está destrozando los ojos.

20:37 (Día 11)

Las cosas nos hieren, se enquistan como el pelo en la piel. Es un asunto de gravedad. Por fin me he hecho con un cuaderno negro, pequeño, diríase que me hice con una agenda. He anotado escrupulosamente los libros que van a ser leídos por mí este año. Iré añadiendo algunos títulos, despacio, que luego me entra la prisa y también el hambre. Me puse a redactar lo que hice estos días y, de pronto, apareció la voz del futuro, mira. Encuentra el punto que separa lo que he hecho hasta el momento con lo que haré un instante después. Trabajé, coordiné un gabinete de lectura. No comí. Porque no quisiera hablar de aquella no-comida. Fui a la casa de mis padres y dormí allí, porque tienen una impresora en la sala de estar, que es el despacho de mi padre. Terminé la comunicación para un congreso de Literatura y economía. Dormí dos horas. Mi hermano no estaba en casa y su puerta estaba abierta y vacía. Antes, imprimí los tres papeles que iba a leer y corregí los tres papeles que leí. Dormí una hora y media, en realidad. Tiendo a ser muy perfeccionista. No diré que leí citas en inglés, dudo que se me entendiese con claridad. Mi madre tiene la boca hinchada y no puede comer, pero no me dice que le duele, creo que nunca ha comido. Y esto es el comienzo del mal. ¿Quién necesita la claridad? Pero, A., ¿cómo vas a hablar de economía si no tienes formación económica? Viajé en tren, añadí notas a aquellas tres páginas. Me perdí en Valladolid, que es una ciudad fría y gris. Pensé en Miguel Delibes y me rozaron los zapatos, zapatos que no eran míos, sino de S. Me mojé y así me hicieron entrega de una ficha en la que ponía mi nombre para que pudiese hablar en público. No entiendo aún por qué estoy escribiendo esto en el trabajo: esa sensación de haber estado en esa ciudad se disipa. Cuando sé que no voy a verte, I., la alegría también se va, parece lluvia. Hablé en público, me reí, me tomé un café y viajé en tren de nuevo leyendo Las hijas de otros hombres. Dije a L. te quiero. Trabajé. A ti te digo, constantemente, que te quiero. Puse mi cachete contra el tuyo, te toqué el párpado con la punta de la nariz y me dijiste lo más bonito que me han dicho nunca. He trabajado todo el jueves, y sé que hoy no voy a verte. Nos llamamos a la noche, nos llamamos a la noche. Iré a casa de mis padres. Déjame empezar de nuevo. Iré a casa de mis padres, y constataré que es la casa de mis padres. Creemos que es fácil hablar en futuro. Mañana envolveré tus regalos y comeré con P. Espero que te guste, que seas feliz. Tócame la cara y ponla entre tus manos.

17.57

Entré a trabajar a las 10.08h, con la lengua fuera (no permitas que se haga costumbre). He comido un yogurt de fresa y un yogurt de plátano, estos últimos, mis favoritos. Son las 18.02, esto se acaba a las 21.30.

12.17

Hace frío, pero ayer jugamos a billar en un bar, cerca de Lavapiés. Hasta tarde. Lo pasamos bien. Claire dice: «We’re pisces», es divertida. L. e I. nos llevaron a Claire y a mí a escuchar boleros. Tomamos muchos vermut y frutos secos, no hay nada más esencial. Por el momento, he vuelto a la agendita, aquí, sí, en el trabajo. Anoté tres títulos, Nada crece a la luz de la luna, de Torborg Nedreaas, porque: «Algunos días son así… vacíos. Te lastiman por dentro, te arrinconan y te rechazan» (p. 7), también Ojos negros, de Frédéric Boyer, porque, mira, mira: «Siento que voy a llorar. Es una tontería. Cuando me eches de menos, ¿me verás con tus ojos tan oscuros? Un corazón que siente nostalgia por otro y piensa en él seguramente volverá a verlo un día» (p. 13).

Vivo una vida que no posee cuerda alguna, vivo una vida que, sin embargo me asfixia. Sé que es un presente continuo, y que antes vivía en un futuro posible: iba a tener una familia. Ahora, ¿qué poseo, qué es, con verdad, mío? Dice Virginia Woolf en Mrs Dalloway: «I prefer men to cauliliflowers», y ESE fue mi problema. Adiós a casi todo, como decía Salvador Pániker, adiós a casi todo porque, por encima de los hombres, las coliflores me producen un rechazo atroz. Ahora leo de nuevo lo que dice Woolf y me hace reír. Al menos. El tercer libro era este, la Dalloway, por si no me he expresado bien. Me pasa a menudo.

21.10

Vamos a cerrar la librería. Se presentó El nenúfar y la araña. Escribí un poema en el que pensaba con I. dentro de la sesera, en armónicos: «llevo casi un / registro solar bendigo / a nuestros hijos, a / nuestras hijas todas / gimen al compás / del aire / gemimos para que / se condense el / aire una / niña sentada a tus / pies sonríe / y leo su nombre / bajo la sombra de unas / flores». Bonito, ¿no? Armónico, ya traté de decir. (Me río) ¡Le gustaron los ravioli de pollo asado!

Te quiero mucho, Mire.

Esther me envió una foto tuya en la que reías. Hazme el favor y lee La lección de anatomía cuando puedas.

Andre

Quiero no-ficción

Mireia,

es grato entrar en materia. Acceder a la carnaza de la correspondencia, huir del striptease en solitario. Anoto la película que me dices; ya vi la de Almodóvar, me fascinó. Sus películas tienen ese color que rezuma otra vida que no es la que nos ofrece el sistema precisamente; tienen ese color que solo una vida independiente, y exenta de pamplinas, puede ofrecernos. Cualquier opinión sobre cualquier filme de este señor sería historiar mis sentimientos, recordar quién era yo cuando, por las noche, generalmente, buscaba un canal on-line gratuito y, por ende, quite illegal para verlas. Todas. Una por una. Mi favorita es Todo sobre mi madre, ¿cuál es la tuya?

Me gusta mucho la disposición de los párrafos porque es tu manera de comunicarte conmigo. Por ello, gracias. Y gracias por este puente que has tendido entre las dos, que nos permite ponernos a charlotear. Hemos convivido en el mismo espacio muchas horas, y también nos hemos gastado bromas, hemos hecho fotos, hemos comido juntas un día en la Plaza del 2 de mayo al sol. Pero no nos hemos mirado a los ojos cuando hablábamos. Muchas veces, reprimía cosas que decía, o quería decir, porque cuando tú abrías la boca me sentía obsoleta, rancia; pensaba que no estaba aprovechando la vida que se me había regalado. Llegué, incluso, a pensar que actuaba bajo una visión profundamente tremendista y paternal. Me contabas un disparate y me salía cuidarte, me venía un chorro de cordura que no era más que un afán desmedido de control, gestión del otro. Antes quería ordenar la vida de los demás, ya no. Y tú estuviste, estuviste cuando definitivamente quedó en evidencia que toda esa histeria mía era infundada. Me viste ahogarme con mis propias manos, me cobijaste cuando ni siquiera tú eras refugio. Mireia, te quiero porque retiraste mis manos de la garganta y me enseñaste que me estaba haciendo sangre. Me corté el pelo y aún sigo con lamentos. Sé que ahora me dirías que crezca (yo), porque él (mi pelo), también lo hace. Pero te soltaría una sarta de estupideces eruditas y me quedaría tranquila. Y no hago eso ya o, al menos, procuro no hacerlo. Ya ves que estoy en rehabilitación lógica, esto es, rehabilitando lo que me dijeron que tenía que ser un sistema lógico: mi vida. Me acompañaste, Mireia, fuiste mi acompañante. Y me cuidaste, de la mejor forma que supiste, que pudiste, salió así: me cuidaste. Cuando dejé de cuidarme y de cuidar a los demás.

El que es digno de ser amado me lo recomendó Clo, y yo, a mi vez, le regalé el librito a mi mejor amigo, a Pablo, no es el Pablo que tú conoces, es otro, que también me cuida y que me quiere. Y que también estuvo ahí cuando dejé de ser una persona y pasé a ser una patata. Ella lo hizo en un gabinete de aquí, de La Central, con el autor. Para el momento que lo leí, estaba hundida. Había besado a una chica. “Tú eres lesbiana”, oigo de vez en cuando. Bueno, está bien, pienso. El caso es que Abdellah Taia, en su libro, incluye una carta ficticia en la que un amante del propio Abdellah le confiesa ese amor que nace del desconcierto y que, pese a la impresión de grandeza y de eternidad, ese amor se esfuma. Otra cosa de las que aprendí antes de que te marcharas fue la siguiente: el amor mueve montañas, pero no debe ser un pensamiento digno de hegemonía. Mireia, el mundo no es esto o lo otro. Es Lo Indecible. El amor no es de nadie y no duele.

Me alegra mucho leer lo de tu club de lectura; cuando vi que se celebraba quise estar. Te imagino todo lo larga que eres tirada encima de una mesa con un lápiz subrayando las frases que más te gustan, que más han captado tu atención, y eso es complicado, y contándoselo a alguien entusiasmada y con los ojos bien abiertos. Mascando chicle. ¿Sabes? El otro día Rosa le regaló a la Eva Baltasar su libro en la última sesión de mi gabinete y fue muy bonito. Ojalá hubieses estado allí conmigo y nos hubiéramos apretado las manos.

Siempre te digo que te quiero, y es así. Escribe tu novela. Yo estoy enfurruñada con mi diario.

Estoy leyendo muchos libros a la vez, pero Las hijas de otros hombres es la hostia. Te va a encantar, pídelo, es gloria bendita.

Besos.

P.D.

Eran verdes las / colinas, siempre / supe, horizonte / limpio, siempre/ supe: el verso no escrito, será, / lo siento, el / mejor. yo / no tengo imaginación / para la / cordura, / perdóname / la tristeza.

Mercedes Soriano

Buenos días, Mireia. Es verdad que te iba a escribir en torno a Mercedes Soriano, la autora madrileña nacida en 1953, unas líneas, pero aún sigo leyéndola y conociendo, en consecuencia, un poco más de su obra. Sus textos se editaron en Alfaguara, ni más ni menos, pero el ejemplar que tengo en la mano de Historia de no, es de Círculo de Lectores. Las medidas del librín son similares a las de los libros que edita Wunderkammer ahora, para que te hagas una idea somera de lo que es tener este título entre las manos.

La primera vez que escuché algo sobre ella fue en boca de Natalia Carrero, la lectora común, en un congresito que se hizo en Alcalá de Henares hace unos años, cuando pensé que podría profesionalizar mi prurito intelectual. Si no recuerdo mal, Carrero dijo que ella había conocido a esta escritora a través de Gopegui, pero no sabría darte un sí o decirte algo definitivo sobre esto. De esta voluntad, de aquel ánimo académico, resquicios, ya lo ves. Pero se me ha quedado un deje insoportable. De vez en cuando, un destello informe que se me pasa rápidamente cuando entiendo que prefiero leer antes que escribir, y que, por encima de aquello, quisiera desterrar la forma en la que me enseñaron o reeducaron a leer en la facultad.

Abominemos de la teoría. Adiós.

¿Por qué teorizar?

Si volvemos sobre la verdad del caso, me encontré este libro en Tik Books, cerca de La Central, no sé si recuerdas todavía dónde queda. Vacié las monedas que tenía sobre el mostrador y me lo llevé. Seguidamente entré a trabajar.

Te dejo con ello.

«Pero, en el otro extremo de la tensión, aparece ese duende monstruoso que no cesa de hacerse preguntas ni de noche ni de día. Cómo atreverse a decir que “los hechos son simplemente necesarios”. Qué sucio significado encierra esa afirmación, por qué ha usado el término “sucio” y no “agradable”, “oscuro” o “poético”. Si introduce su persona en escena y se enfoca, entonces lo que ve es tan recio como lo visto hace unos instantes. Por eso, a menudo intenta no aparece en ningún plano, ni siquiera en los más generales. Mas si, dejándose llevar por cierto instinto de vida, recibe su propia imagen, entonces es automático cerrar los ojos y repetirse “esto no puede seguir así”. Y cuando sucede, es inminente la ansiedad por “lo otro”, algo que debe existir escondido en alguna parte, eso otro que no alimente esta continua inquietud de verse. Algo como una luna semientera y blanquecina, esas lunas que aparecen, intempestivamente, sobre un cielo luminoso de sol, un asombroso sol de febrero, por ejemplo, unas lunas ahí colgadas que parecen un espejismo de soles. Un presagio. Algo como un burbuja de vidrio irrompible por la que moverse siempre con el mismo movimiento sin preguntarse qué clase de ritmo es éste, por qué este ritmo y no otro, por qué seguirlo. Una esfera sin preguntas, plácida como la digestión del gato, acompasadamente deslizándose sin fin. Un lugar donde solo la contemplación sea posible, una contemplación sin escándalo ni zozobra. Qué rara crueldad es la de la vida, que permite este pensamiento y no permite que se concrete. Pulverizar el horario, no las horas —dulces horas antiguas—, pulverizarlo con sólo hacer una mueca o un gesto obsceno con los dedos. Pulverizar esta visión de la propia persona consumiéndose y esa corriente, tenue pero constante, que conduce a las tinieblas. Tan tenue y tan equívoca, omnipresente en el propio organismo como un virus.»

«¿Cómo fue que te quedaste tú a vivir en casa? Pregunta primera: ¿tenías llave? Pregunta segunda: ¿dejabas allí tu ropa? Pregunta tercera: ¿dabas aquel número de teléfono? Sí, todo eso sucedió. O sea, te quedaste, nos quedamos: la desembocadura lógica de los años conduce a permanecer juntos en un mismo espacio, varados en un estiaje lentísimo. Decías “te quiero” mientras picabas la lechuga o ponías los discos en orden, lo decías en voz alta, desde un púlpito. “Te quiero”, un spot publicitario, la voz de la experiencia, torpe jerga del amor. “Te quiero”, noches en la misma cama, esperar el fin de la jornada, quince días de vacaciones en otro lugar que nada cambian, un domingo comida en casa de tus padres, otro domingo comida en casa de sus padres. Ceremonia encadenada, dimensión de futilidad, lenguaje corrompido, rudeza de tactos, rostros nuestros sin referencia. Más espantoso cuando, en los momentos de absoluta ignorancia del otro, se echa mano del pasado: “¿ya no te acuerdas…?, “¿cómo puedes prescindir…?” Olor a nave rancia de iglesia.»

(Acabo de aceptar una ventana que me ha salido al paso en esta página de internet, con la que, realmente, no sabía si estaba de acuerdo.)

De buen grado te adjuntaría en este post una fotografía de ella, pero en internet no hay. En El País, si se introduce su nombre en la hemeroteca digital tan solo hay tres artículos.

Su nombre solo aparece dos veces en dos volúmenes académicos obsoletos.

Un beso.

He leído el libro de Aixa de la Cruz

Me hizo mucha ilusión ver que estabas con Munir en Barcelona. Gracias por enviarme la fotografía, me alegró el corazón. ¿Qué tal el Graf, cómo estás tú? Te vi en una imagen vestida de moderna, muy trap, estabas muy guapa. Eres una mujer guapa. Ahora, quisiera compartir contigo dos o tres fragmentos del nuevo libro de Aixa de la Cruz. Lo terminé esta mañana. Y no lo hago por otra cosa que por tu condición de testigo; porque estuviste justo en el momento en el que, como reza el título de Aixa, también cambié de opinión. ¿Te acuerdas? Todo era un escombro.

Fragmento | 1

Pido auxilio y María José clausura el acto. Después de firmar un puñado de ejemplares, su novia y ella me evacúan a una tasca en la que engullo un litro de cerveza antes de integrarme en la conversación. Sé que esta noche me retiraré pronto. Me caen bien pero no estoy cómoda. Siento que me juzgan. Hago un repaso del día, de lo que he dicho, de lo que ellas han dicho. Busco cualquier detalle que pudiera habernos ofendido mutuamente y no encuentro nada, así que este malestar debe ser el que me suscita la comunidad lésbica, ni más ni menos. Me he vuelto homófoba en el sentido etimológico en el que prima el componente de miedo, manda narices. Sé que no me van a reprochar, como sí hacen mis amigas de Granada, que me haya decantado por un hombre, por la opción normativa, la más fácil, la que no da problemas. No lo van a hacer porque ni siquiera me conocen, pero llevo el boicot por dentro y me pone en guardia. Hubo una época en la que el sexo era sexo, y la política, política. Luego las cosas se mezclaron. O conocí a demasiada gente que las mezclaba, gente que concebía el deseo como una herramienta de acción militar, y en qué mundo cabe, my body is a temple y no soy lo que como, pero ahí está el discurso, y ahí la culpa. Le he dado la razón a mi madre, que decía que lo de las mujeres era una fase, un experimento exótico de los míos. La odié durante años por aquello, y ahora por qué la voy a odiar. Me estoy quedando sin excusas.

Fragmento | 2

Mi primera menstruación no dolió. Pero al cabo de unos días vino mi madre con regalos y comida como para una fiesta de cumpleaños y dijo la frase más terrible: ya eres una mujer. Si fuera cierto que los cólicos menstruales son psicosomáticos, aquel sería el instante en el que se gestó el síntoma. De esta forma, mi útero se contraería más de lo debido porque no solo intenta expulsar el endometrio, sino el significante mismo que se me impuso al sangrar. Pero ya está bien. No quiero seguir revelándome. Quiero que pare el dolor. Entro en internet en busca de algún remedio natural y los primeros artículos que encuentro me dicen lo que ya me han dicho media docena de ginecólogos: lo que me pasa es normal , esto es, frecuente, y se alivia tomando anticonceptivos hormonales. Fue lo que hice entre los dieciséis y los veintidós años. No me resistí a la medicación porque sonaba lógico que ser mujer fuera algo de lo que tuvieran que curarme y cómo extraño a veces aquel organismo sintético de humor estable y pechos rellenos, pero por más que una esté en el mundo para desdecirse, algunas decisiones han de ser férreas. Falté a mi palabra para no volver al paradigma heterosexual —y he cosechado la esquizofrenia de la que me advertían—, pero los otros dos compromisos que adquirí durante mi inmersión en los estudios de género se mantienen. No patrocino al sector canónico y no consumo estrógenos de laboratorio. Dadme otra solución, amigas, hermanas. Ahora soy una de vosotras.

(…)

No estás loca, eres cíclica.

Y ser cíclica en esta sociedad duele.

Sin embargo, la menstruación no es el problema.

Tú no eres el problema.

El problema es quien menstrúa en esta sociedad.

Vivimos en la periferia de nuestro cuerpo.

Pero esto acaba hoy aquí.

Fragmento | 3

Fuera del texto se me ocurren muchas cosas, pero en el presente virtual por el que me arrastra esta línea no tienen cabida las piruetas intelectuales. Soy toda incredulidad y arcadas; no quiero seguir leyendo, pero no puedo parar de leer. Soy el europeo estándar ante su televisor el 11-S, una espectadora profesional que confunde el terror con las películas de terror, y en las películas de terror el miedo forma parte del espectáculo. Así que sigo cargando comentarios en los que la cibermasa pone en duda el testimonio de la víctima de Sanfermines y el de las víctimas de violación en general, respaldando sus argumentos con multitud de enlaces a un mismo caso de falsa denuncia; comentarios en los que prosperan las teorías más inverosímiles (…).

Te quiero mucho, Mireia. Espero que estés bien. Me reconforta leerte, que asumamos este espacio como un muro de las lamentaciones nuestro, solo nuestro. Hay también recreo, aunque no lo creamos, en la lamentación. Y perdona que no me prodigue con tu última entrada, pero no me apetece escribir. He salido hace un buen rato de terapia, pero me sigue sin apetecer hablar.

Andrea

Elvira

Hola Mireia, corazón: hay que ganarse la vida, e intentar —en ese hacer o dejarse hacer— que sea de la mejor manera, con dignidad, coherencia. Por eso sería inútil decir que qué mal, que qué mal la concesión del premio Biblioteca Breve a Elvira Sastre, con una novela que aún no he leído, es verdad, pero que tampoco creo que vaya a revolucionar cifras, más allá de las monedas que se hagan durante su exposición y venta al público. Lo siento, esto también lo voy a decir: que tampoco espero, como filóloga y librera, que acceda a ningún canon de nuestra Literatura, de nuestra Historia Literaria. La Literatura tiene el deber de dar cobijo a distintas redes narrativas, posturas, conexiones y puentes, pero no, desde luego, a actuar como un refugio de lo ideológico, de lo económico. La Literatura no es un panfleto, y quien diga lo contrario: miente. Según los medios, el de Elvira Sastre es un texto sentimental, anclado en lo puramente emocional, siendo una de sus tramas un relato cercano al discurso guerra civil tan de moda en la narrativa patria. Aquí una little paradoja: ese tema, aquí en este reino, es, a la vez, moda y no-moda, pero parece ser el aro por el que hay que pasar. Amarrarse a la tradición para echar a andar por el camino de la historiografía española es, cuanto menos, un acto inteligente, un paso hacia delante. Pero hay otra tradición que está tirando últimamente con fuerza de lo que se publica en este país, de lo que se dice, lo que se critica: el mercado. El autor o autora ya no escribe para una tradición, con una tradición; el interlocutor martingaitiano es ahora el mercado, quien maneja las monedas, maneja la barcaza. Y ahora, las confesiones. He leído sus libros, he comprendido o, al menos, entendido mínimamente sus textos. No ha sido de motu proprio, ha sido porque si mi madre me ha enseñado una cosa en la vida es esta: a no mentir. A mí, criticar la figura pública de la autora, repito, por si esto se considerase un ataque, digamos, personal, criticar la figura pública no me reporta nada, no me da de comer, no mejora mis relaciones con mis semejantes, no hace que mis jefes me tengan más amor, no hace que me brille más o menos el pelo. Hacer lo mismo con su obra tampoco, esto es, con su forma de estar en el mundo. No tiene culpa: la alta y la baja literatura es una ficción; todo, y esta es una responsabilidad casi civil, recae sobre el lector, que es también ciudadano. Y cada lector o lectora, cada ciudadano de a pie, es fruto de una educación sentimental, familiar. Somos lo que hemos leído. Dicen, en varias entrevistas, que la autora ha leído a Foenkinos, que es su referente. Diré una cosa: me preocupa. Me preocupa porque ha traducido a Wilde para Valparaíso. Quiero decir. Hay muertos en las cunetas sin enterrar, hay chistes que han dejado de hacerse; se permite que tres asnos digan auténticas bestialidades en los medios a diario. No sabemos nada de nuestra historia, no queremos conocer la historia. Estamos todos huyendo hacia delante, cuando no hay un delante ni claro ni digno. Elvira, no te han hecho ningún favor concediéndote este premio. La novela podría haberse publicado, podría haber tenido un éxito inmenso, infinito, colosal sin premio. El Biblioteca Breve era un bastión bien armado, con sus más y con sus menos, pero bien armado. Se trata de un premio que posee una historia, una calidad literaria, un gusto lector muy concreto. El Biblioteca es un premio o, al menos, era un premio que hizo que Carmen Martín Gaite no escribiese durante diez largos años nada que tuviese un regusto a ficción porque, cuando ella presentó Ritmo lento, el Boom de escritores latinoamericanos hizo a un lado, no solo a los autores españoles, sino a la Literatura Española, que no en español, con La ciudad y los perros. No es un regalo. Es llevar un peso sobre los hombros, es conocer, verdaderamente el campo. Es llevar la historia en la mirada. Cuando Vargas Llosa se alzó con él, todo fue fiesta y alabanza. Ahora es Historia Literaria, ahora sabemos que valor capital y capital simbólico, en armonía, fueron dirigidos por el nuevo mercado editorial de aquella España de los setenta para hacer caja. La Mama grande, que fuese la Balcells, junto a otros agentes del campo editorial y literario, editoriales, prensa, promotores, pusieron en funcionamiento una maquinaria que era un primor. Esa novela era buena, muy buena; Vargas Llosa un buen autor, y los lectores estaban ávidos de novedad, frescura, ficción. Ahora, solo ahora, tras estudiar aquel fenómeno, podemos decir cuatro palabras sobre su fuselaje y anatomía. Elvira, yo no digo que escribas bien, mal o regular. No me interesa. Solo digo que no está tan claro el diálogo productivo entre el capital y lo simbólico en este caso; no parece haber ruta fiable, conexión. Tenemos otro boom bien distinto delante de los ojos. Y la desconexión es un tema que siempre, siempre me ha preocupado. No dejemos que el mercado se haga tra(d)ición. Me recuerdo disfrutando mucho leyendo Intemperie, de Jesús Carrasco. Los tiempos han cambiado, pero el lector sigue vivo, muy vivo. ¿Qué ha pasado con el ciudadano? | Y pido perdón, por si he ofendido a alguien, por si no me he expresado bien, por si no he podido o no he sabido decir lo mucho que me importa ya no solo la Literatura, sino lo literario. El amor.

Sara Mesa

Hay textos claros, otros oscuros. Esta dicotomía es operativa, en cualquier espacio, sobre cualquier nivel. Lo interesante es cuando la temática es pantanosa, también el tono, de mirada severa, y se ofrece claridad, luz. Esto, y no otra cosa, hace Sara Mesa, y no solo en Silencio administrativo (Anagrama, 2019), que es lo que pareció ocuparme en torno a dos viajes de metro al trabajo, a lo sumo tres, sino en todos y cada uno de sus acercamientos a la escritura. Siento poco pudor al pronunciarme sobre esto: hay desigualdad en su obra, a nadie le importa, solo a mi lector íntimo. Pero situaría el librito mencionado junto a Cicatriz o sus cuentos sin dudarlo. Y también lo pondría bien colocado, bien mono, al lado del libro de Adela Cortina, Aporofobia, el rechazo al pobre (Paidós, 2017).

Si parecíamos trobar a faltar un lugar en el que se discutiese, desde la tramposa autoficción, el tema de la pobreza, aquí lo tenemos. Y Antonio Machado fue clarísimo al respecto, aprovechando que su infancia, como la de Mesa, (no) son recuerdos de un patio de Sevilla, «entre hacer las cosas bien y hacer las cosas mal existe un término medio honesto que es no hacerlas», o algo así. La autora ha hecho las cosas así, es decir, bien: un par de mujeres se encuentran con otra en situación de exclusión social. Deciden ayudarla, pese a que ese camino lo emprende una solamente. El de los cuidados. El tema que vertebra este ensayito narrado es el subtítulo del libro de Cortina; sin embargo, hay más temas que aquí únicamente me dedicaré a apuntar, a anotar. Los diré de corrido, como cuando nos aprendíamos las preposiciones. La sororidad entre mujeres que pertenecen a distinta clase social, la sororidad entre mujeres estigmatizadas y validadas, la sororidad entre mujeres visibles e invisibles. El preguntarse por qué, en un teórico estado de bienestar, hay personas durmiendo a la intemperie, el preguntarse por qué, en un teórico estado de bienestar, hay más mujeres que hombres en la calle, el preguntarse por qué, en un teórico estado de bienestar, está una mujer en la calle. Esperad. Porque quizá en esto último, en preguntarse por qué está una mujer en la calle estriba el poder tirar de la manta de una espiral de violencia lo suficientemente compleja como para formar un entramado adusto e imperturbable. No sé, quizá mientras escribo esto pienso en las mujeres a las que he visto pedir. No recuerdo sus caras. El dinero corrompe cualquier tipo de belleza pretérita o futura. Aquí hago mención a Los amantes del Pont Neuf. ¿La has visto? Saca hueco, póntela. Juliette Binoche interpreta a una mujer invisible un ratito. Retomo. Una mujer como ángel del hogar, como canon de belleza, como feminidad ejemplar. Un ángel del hogar sin hogar, un atractivo hecho detritus, un cuestionamiento sobre si es una mujer o es un monstruo. Mesa dice: todo este sistema tan freak del patriarcado te dijo que el estado de salud general depende del cuerpo de las mujeres, de su intimidad, del orden de su casa —y esto no lo pienso yo, como lo que dije sobre el «ángel del hogar», quiero que quede claro, esto no es mío, es una bola que no han dejado de contarnos desde siempre—. Ahora, si este nuevo hogar es la calle, y qué calle, ¿a nadie le hace ‘clic’ nada? Pero sí, es verdad, en lugar de poner ahora los miembros sobre la mesa y escandalizarnos, deus ex máchina, el dios del dinero te amordaza. Cinta aislante doble cara: las mujeres que viven en la calle no son mujeres porque con sus cuerpos no son capaces de producir nada; son juguetes rotos, son lo que no quiso el diablo. Un buzón de correos tiene mayor statu quo. Me vomito encima al estar siendo capaz de verbalizar esta burrada. Me cago en San Pito Pato.

«Así que no es suficiente con vivir en la calle. Hay que acreditarlo», dice Mesa.

La pobreza se ha feminizado; la pobreza es un estado que oscila entre la compasión y la humillación. El individuo piensa sobre sí desde la culpa. El Estado le ha hecho olvidarse de sí. Pensé que no me había gustado el libro de Mesa, que me había parecido flojito. Pero la tía, de una forma u otra siempre termina provocándome lo mismo: tras cerrar sus libros, se me abren las compuertas y enfermo de toda la negrura. Y la escritura de Mesa actúa como Caronte remando sobre el río Aqueronte. Este textito te planta una moneda bajo la lengua, hay que pagar al barquero. | Mireia, flipas con lo de Margarita García Robayo en Tránsito. Te quiero.