Desprenderse

Mire,

Tengo dos entradas en cola, quizá lo hayas visto en borrador y, si no lo has visto, por favor, no las leas, quisiera que fuesen una sorpresa. En cuanto las termine de redactar, las compartiré contigo; hasta entonces, te dejo estos fragmentos de mi diario. He entendido que nunca mantengo un proyecto de escritura en un cajón o, en su defecto, en una carpeta del ordenador. Cuando los veo o los leo, siento un deseo irrefrenable y me tengo que desprender de ellos. La tesis, por contarte algo, me está destrozando los ojos.

20:37 (Día 11)

Las cosas nos hieren, se enquistan como el pelo en la piel. Es un asunto de gravedad. Por fin me he hecho con un cuaderno negro, pequeño, diríase que me hice con una agenda. He anotado escrupulosamente los libros que van a ser leídos por mí este año. Iré añadiendo algunos títulos, despacio, que luego me entra la prisa y también el hambre. Me puse a redactar lo que hice estos días y, de pronto, apareció la voz del futuro, mira. Encuentra el punto que separa lo que he hecho hasta el momento con lo que haré un instante después. Trabajé, coordiné un gabinete de lectura. No comí. Porque no quisiera hablar de aquella no-comida. Fui a la casa de mis padres y dormí allí, porque tienen una impresora en la sala de estar, que es el despacho de mi padre. Terminé la comunicación para un congreso de Literatura y economía. Dormí dos horas. Mi hermano no estaba en casa y su puerta estaba abierta y vacía. Antes, imprimí los tres papeles que iba a leer y corregí los tres papeles que leí. Dormí una hora y media, en realidad. Tiendo a ser muy perfeccionista. No diré que leí citas en inglés, dudo que se me entendiese con claridad. Mi madre tiene la boca hinchada y no puede comer, pero no me dice que le duele, creo que nunca ha comido. Y esto es el comienzo del mal. ¿Quién necesita la claridad? Pero, A., ¿cómo vas a hablar de economía si no tienes formación económica? Viajé en tren, añadí notas a aquellas tres páginas. Me perdí en Valladolid, que es una ciudad fría y gris. Pensé en Miguel Delibes y me rozaron los zapatos, zapatos que no eran míos, sino de S. Me mojé y así me hicieron entrega de una ficha en la que ponía mi nombre para que pudiese hablar en público. No entiendo aún por qué estoy escribiendo esto en el trabajo: esa sensación de haber estado en esa ciudad se disipa. Cuando sé que no voy a verte, I., la alegría también se va, parece lluvia. Hablé en público, me reí, me tomé un café y viajé en tren de nuevo leyendo Las hijas de otros hombres. Dije a L. te quiero. Trabajé. A ti te digo, constantemente, que te quiero. Puse mi cachete contra el tuyo, te toqué el párpado con la punta de la nariz y me dijiste lo más bonito que me han dicho nunca. He trabajado todo el jueves, y sé que hoy no voy a verte. Nos llamamos a la noche, nos llamamos a la noche. Iré a casa de mis padres. Déjame empezar de nuevo. Iré a casa de mis padres, y constataré que es la casa de mis padres. Creemos que es fácil hablar en futuro. Mañana envolveré tus regalos y comeré con P. Espero que te guste, que seas feliz. Tócame la cara y ponla entre tus manos.

17.57

Entré a trabajar a las 10.08h, con la lengua fuera (no permitas que se haga costumbre). He comido un yogurt de fresa y un yogurt de plátano, estos últimos, mis favoritos. Son las 18.02, esto se acaba a las 21.30.

12.17

Hace frío, pero ayer jugamos a billar en un bar, cerca de Lavapiés. Hasta tarde. Lo pasamos bien. Claire dice: «We’re pisces», es divertida. L. e I. nos llevaron a Claire y a mí a escuchar boleros. Tomamos muchos vermut y frutos secos, no hay nada más esencial. Por el momento, he vuelto a la agendita, aquí, sí, en el trabajo. Anoté tres títulos, Nada crece a la luz de la luna, de Torborg Nedreaas, porque: «Algunos días son así… vacíos. Te lastiman por dentro, te arrinconan y te rechazan» (p. 7), también Ojos negros, de Frédéric Boyer, porque, mira, mira: «Siento que voy a llorar. Es una tontería. Cuando me eches de menos, ¿me verás con tus ojos tan oscuros? Un corazón que siente nostalgia por otro y piensa en él seguramente volverá a verlo un día» (p. 13).

Vivo una vida que no posee cuerda alguna, vivo una vida que, sin embargo me asfixia. Sé que es un presente continuo, y que antes vivía en un futuro posible: iba a tener una familia. Ahora, ¿qué poseo, qué es, con verdad, mío? Dice Virginia Woolf en Mrs Dalloway: «I prefer men to cauliliflowers», y ESE fue mi problema. Adiós a casi todo, como decía Salvador Pániker, adiós a casi todo porque, por encima de los hombres, las coliflores me producen un rechazo atroz. Ahora leo de nuevo lo que dice Woolf y me hace reír. Al menos. El tercer libro era este, la Dalloway, por si no me he expresado bien. Me pasa a menudo.

21.10

Vamos a cerrar la librería. Se presentó El nenúfar y la araña. Escribí un poema en el que pensaba con I. dentro de la sesera, en armónicos: «llevo casi un / registro solar bendigo / a nuestros hijos, a / nuestras hijas todas / gimen al compás / del aire / gemimos para que / se condense el / aire una / niña sentada a tus / pies sonríe / y leo su nombre / bajo la sombra de unas / flores». Bonito, ¿no? Armónico, ya traté de decir. (Me río) ¡Le gustaron los ravioli de pollo asado!

Te quiero mucho, Mire.

Esther me envió una foto tuya en la que reías. Hazme el favor y lee La lección de anatomía cuando puedas.

Andre

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