Jorge Barón Biza o seguir desviando la mirada después del horror

Querida Andrea: ayer me mordí la lengua.

¡Aleja de aquí esa posibilidad de metáfora cárnica! Te hablo en serio. Me mordí la puntita de la lengua justo cuando masticaba el primer bocado de un plato coreano. Cerdo picante, salsa sabrosa, kimchi, vino blanco… ¡qué dolor! Seguí comiendo, por supuesto. Cuarenta minutos más tarde, sufrí mi tercer ataque de pánico en público.

¡Esto tampoco es una metáfora!

Hacía tiempo que no pasaba por esa sensación angustiosa de falta de aire y enérgicos latidos dentro del pecho. Por supuesto que pensé que iba a desmayarme en el portal donde me acurruqué tras salir apresurada a la calle y golpearme con la puerta del restaurante en la cabeza _porrazo que por desgracia estuvo lejos de relajar la situación_. ¡Qué angustia! Los pensamientos negativos concurrían uno tras otro sin posibilidad de desmenuce o clasificación, sin puntuación, agolpándose en mis sienes haciéndolas latir de frente a barbilla, obligándome a retener las lágrimas y la respiración para no descomponerme en gritos o golpes delante de todo el mundo.

Estaba molida. El agotamiento físico es un elemento común que se repite en mis raptos. Esperar una catarsis en lugar de descansar, de buscar el sosiego después de una vivencia intensa, me conduce a este tipo de situaciones.

Hay algo de esa contención furiosa de los ataques de pánico en la manera en que Jorge Barón Biza describe la piel o la carne en El desierto y su semilla y que genera una inquietud sublime. Es ese fenómeno de huída instantánea tras un hito violento que desemboca, o lo hará, en el estrés postraumatico. La narración detalla con riqueza en varios momentos las heridas causadas por el ácido sulfúrico y las sucesivas intervenciones quirúrgicas en el rostro de su madre y se detiene recorriendo sus planos y modificaciones de textura o color negando una interpretación completa de la situación emocional de la víctima, como el que describe un cuadro centímetro a centímetro para una persona ciega sin explicar que al mismo tiempo está representando la figura de un ciervo o de un payaso llorón.

Extraer detalles estéticos de sus consecuencias y refugiarse en la belleza debe ser un mecanismo de supervivencia para escapar del horror. Yo también lo he hecho en más de una ocasión, por ejemplo, ante la muerte de un ser querido.

Sin embargo, creo que hoy esta creencia subterránea de que el dolor es una fuente de belleza es condenatoria para todo un sector de la población: el cultural. Vivir del arte, de forma más productiva o aglutinadora, se sigue asociando con una precarización normalizada que sí, a veces abandera una conciencia de clase. Pero de adorno, pintoresca, de click, un bonito accesorio identitario, casi como un consuelo. Me pregunto si aquellos que nos dedicamos a velar por la belleza no estaremos llevando lejos las consecuencias de nuestro propio estrés postraumático y negándonos un retrato completo de la realidad, entregando nuestros mejores años a la cultura con la excusa de sobrevivir al horror socioeconómico que nos rodea.

Lecturas que todavía están más pendientes después de escribir todo esto:

El entusiasmo, de Remedios Zafra.
Teoría de la retaguardia. Cómo sobrevivir al arte contemporáneo (y a todo lo demás) de Iván de la Nuez.

¿Sugerencias?

 

Buenas tardes, espero que estés bien.

 

Mireia

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