Quiero no-ficción

Mireia,

es grato entrar en materia. Acceder a la carnaza de la correspondencia, huir del striptease en solitario. Anoto la película que me dices; ya vi la de Almodóvar, me fascinó. Sus películas tienen ese color que rezuma otra vida que no es la que nos ofrece el sistema precisamente; tienen ese color que solo una vida independiente, y exenta de pamplinas, puede ofrecernos. Cualquier opinión sobre cualquier filme de este señor sería historiar mis sentimientos, recordar quién era yo cuando, por las noche, generalmente, buscaba un canal on-line gratuito y, por ende, quite illegal para verlas. Todas. Una por una. Mi favorita es Todo sobre mi madre, ¿cuál es la tuya?

Me gusta mucho la disposición de los párrafos porque es tu manera de comunicarte conmigo. Por ello, gracias. Y gracias por este puente que has tendido entre las dos, que nos permite ponernos a charlotear. Hemos convivido en el mismo espacio muchas horas, y también nos hemos gastado bromas, hemos hecho fotos, hemos comido juntas un día en la Plaza del 2 de mayo al sol. Pero no nos hemos mirado a los ojos cuando hablábamos. Muchas veces, reprimía cosas que decía, o quería decir, porque cuando tú abrías la boca me sentía obsoleta, rancia; pensaba que no estaba aprovechando la vida que se me había regalado. Llegué, incluso, a pensar que actuaba bajo una visión profundamente tremendista y paternal. Me contabas un disparate y me salía cuidarte, me venía un chorro de cordura que no era más que un afán desmedido de control, gestión del otro. Antes quería ordenar la vida de los demás, ya no. Y tú estuviste, estuviste cuando definitivamente quedó en evidencia que toda esa histeria mía era infundada. Me viste ahogarme con mis propias manos, me cobijaste cuando ni siquiera tú eras refugio. Mireia, te quiero porque retiraste mis manos de la garganta y me enseñaste que me estaba haciendo sangre. Me corté el pelo y aún sigo con lamentos. Sé que ahora me dirías que crezca (yo), porque él (mi pelo), también lo hace. Pero te soltaría una sarta de estupideces eruditas y me quedaría tranquila. Y no hago eso ya o, al menos, procuro no hacerlo. Ya ves que estoy en rehabilitación lógica, esto es, rehabilitando lo que me dijeron que tenía que ser un sistema lógico: mi vida. Me acompañaste, Mireia, fuiste mi acompañante. Y me cuidaste, de la mejor forma que supiste, que pudiste, salió así: me cuidaste. Cuando dejé de cuidarme y de cuidar a los demás.

El que es digno de ser amado me lo recomendó Clo, y yo, a mi vez, le regalé el librito a mi mejor amigo, a Pablo, no es el Pablo que tú conoces, es otro, que también me cuida y que me quiere. Y que también estuvo ahí cuando dejé de ser una persona y pasé a ser una patata. Ella lo hizo en un gabinete de aquí, de La Central, con el autor. Para el momento que lo leí, estaba hundida. Había besado a una chica. “Tú eres lesbiana”, oigo de vez en cuando. Bueno, está bien, pienso. El caso es que Abdellah Taia, en su libro, incluye una carta ficticia en la que un amante del propio Abdellah le confiesa ese amor que nace del desconcierto y que, pese a la impresión de grandeza y de eternidad, ese amor se esfuma. Otra cosa de las que aprendí antes de que te marcharas fue la siguiente: el amor mueve montañas, pero no debe ser un pensamiento digno de hegemonía. Mireia, el mundo no es esto o lo otro. Es Lo Indecible. El amor no es de nadie y no duele.

Me alegra mucho leer lo de tu club de lectura; cuando vi que se celebraba quise estar. Te imagino todo lo larga que eres tirada encima de una mesa con un lápiz subrayando las frases que más te gustan, que más han captado tu atención, y eso es complicado, y contándoselo a alguien entusiasmada y con los ojos bien abiertos. Mascando chicle. ¿Sabes? El otro día Rosa le regaló a la Eva Baltasar su libro en la última sesión de mi gabinete y fue muy bonito. Ojalá hubieses estado allí conmigo y nos hubiéramos apretado las manos.

Siempre te digo que te quiero, y es así. Escribe tu novela. Yo estoy enfurruñada con mi diario.

Estoy leyendo muchos libros a la vez, pero Las hijas de otros hombres es la hostia. Te va a encantar, pídelo, es gloria bendita.

Besos.

P.D.

Eran verdes las / colinas, siempre / supe, horizonte / limpio, siempre/ supe: el verso no escrito, será, / lo siento, el / mejor. yo / no tengo imaginación / para la / cordura, / perdóname / la tristeza.

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