AQUÍ NO HAY FICCIÓN SI USTED NO QUIERE

Querida Andrea:

Me cuesta escribir de seguido. Quizá no he desarrollado nunca esa habilidad y ahora estoy segura: podría escribir una novela. Una larga, una corta. Lo que fuera. Pero no he sentido la dedicación por el tiempo así. De momento, he pasado de acumular libros frenéticamente a leerlos. Ya es algo. Vayamos por partes.

Te digo esto porque aquí hay suficientes borradores que no llevan a ninguna parte y no hacerlo, no conducirnos a nada en particular, no les va a restar valor en un lugar como este. Así que he decidido que los voy a publicar separados por asteriscos, y que sea lo que el lector quiera.

***

Buenas noches Andrea.

Vi La piel quemada y ahora me he desvelado pensando en la mujer ansiosa que huye de no se sabe muy bien qué. En concreto en aquellas a las que representa Marta May en esta película, que lo hicieron, huyeron de algo, hace cuarenta o sesenta años, a modo de goma elástica sujeta por el otro extremo al marido-avanzadilla que migró a otros pueblos o ciudades con más y mejores posibilidades laborales y arrastraron tras de sí el ingenio disciplinado hacia la entrega absoluta a lo doméstico. Sin posibilidad para experimentar con el deseo y otras investigaciones, encerradas en casas que son cuevas y después en edificios altos que son proyectos carcelarios a gran escala en grandes avenidas con vistas directas al supermercado. ¿Cómo eran? Así no eran. No eran tampoco como la dibujo yo ahora, ni como la sigue dibujando Almodóvar con Penélope Cruz en Dolor y Gloria. Vehículos para la ternura. Se me mezclan los dos personajes, es curioso. Han pasado los días y no recuerdo en qué película vi qué escena, es como si una fuera la continuación de la otra. Pero bueno, que ahora no importa más, pero que vaya retrato de mujer gris nos han dejado de nuestras abuelas. Y que veas las dos, que son preciosas.

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Querida Andrea:

Creo que tengo apenas once días hábiles al mes en los que podría escribir. Toda la vida tratando de explicarme esa intermitencia, utilizando calendarios, aplicaciones menstruales, medidores de temperamento, la página web de la AEMET y las matemáticas. Dicen que al final es cuestión de disciplina, de fabricarse los momentos, de empeñarse. Pero hay días donde una nube en el cerebro no me permite salir de la cama. Y otros días donde solo quiero salir y vivir. Porque yo ya siento que tengo una edad (bueno, lo he sentido siempre, pero ahora más), y no puedo permitir que me hagan perder más el tiempo. Necesito leer cosas que me molesten y me escandalicen. El otro día pasó. Me leí El que es digno de ser amado, de Abdelá Taia. Recuerdo que al poco de que llegaras a Callao, a nuestra planta, me lo recomendaste. O se lo recomendaste a alguien. O Valenzuela lo hizo. Ahora no lo puedo saber. Pero quedó grabado en mí como lectura a la que prestarle atención porque quería ser más como tú, más como vosotras.

Creo que nunca hemos hablado de esto. Lo importante que fue vuestra llegada para mi posterior toma de decisiones. Algún día, si llega a importarte, te lo explicaré. Porque yo todavía me estoy empezando a dar cuenta, y será precisa una conversación en la que vea tu cara para poder entrar ahí, en todo lo que no nos hemos dicho desde entonces y tampoco habíamos dicho antes. Y esto no es una conversación, esta soy yo hablando de manera por lo pronto unidireccional y reflexionando más bien poco, hasta que me digas lo contrario.

El caso es que lo leí. Lo programé dentro del club de lectura con ese propósito y ha funcionado no solo para mí. Lo he leído junto a un montón de gente. Y después nos sentamos a hablar del libro, teniéndolo todavía tan reciente, resonando, todo lo incómodo, lo bello, y lo incomprensible. Lo pasamos muy bien. Lo desmenuzamos. Lo entendimos de todas las maneras posibles. Cómo me gusta el club de lectura. Creo que te alegrará saber todo esto. Espero que sí. Además, podrás acordarte de ese epistolario de cronología invertida, de la multitud de voces que hay ahí  metidas, de formas de amar y de no dejarse amar.

Te mando muchos besos.

Mireia.

 

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