Mercedes Soriano

Buenos días, Mireia. Es verdad que te iba a escribir en torno a Mercedes Soriano, la autora madrileña nacida en 1953, unas líneas, pero aún sigo leyéndola y conociendo, en consecuencia, un poco más de su obra. Sus textos se editaron en Alfaguara, ni más ni menos, pero el ejemplar que tengo en la mano de Historia de no, es de Círculo de Lectores. Las medidas del librín son similares a las de los libros que edita Wunderkammer ahora, para que te hagas una idea somera de lo que es tener este título entre las manos.

La primera vez que escuché algo sobre ella fue en boca de Natalia Carrero, la lectora común, en un congresito que se hizo en Alcalá de Henares hace unos años, cuando pensé que podría profesionalizar mi prurito intelectual. Si no recuerdo mal, Carrero dijo que ella había conocido a esta escritora a través de Gopegui, pero no sabría darte un sí o decirte algo definitivo sobre esto. De esta voluntad, de aquel ánimo académico, resquicios, ya lo ves. Pero se me ha quedado un deje insoportable. De vez en cuando, un destello informe que se me pasa rápidamente cuando entiendo que prefiero leer antes que escribir, y que, por encima de aquello, quisiera desterrar la forma en la que me enseñaron o reeducaron a leer en la facultad.

Abominemos de la teoría. Adiós.

¿Por qué teorizar?

Si volvemos sobre la verdad del caso, me encontré este libro en Tik Books, cerca de La Central, no sé si recuerdas todavía dónde queda. Vacié las monedas que tenía sobre el mostrador y me lo llevé. Seguidamente entré a trabajar.

Te dejo con ello.

«Pero, en el otro extremo de la tensión, aparece ese duende monstruoso que no cesa de hacerse preguntas ni de noche ni de día. Cómo atreverse a decir que “los hechos son simplemente necesarios”. Qué sucio significado encierra esa afirmación, por qué ha usado el término “sucio” y no “agradable”, “oscuro” o “poético”. Si introduce su persona en escena y se enfoca, entonces lo que ve es tan recio como lo visto hace unos instantes. Por eso, a menudo intenta no aparece en ningún plano, ni siquiera en los más generales. Mas si, dejándose llevar por cierto instinto de vida, recibe su propia imagen, entonces es automático cerrar los ojos y repetirse “esto no puede seguir así”. Y cuando sucede, es inminente la ansiedad por “lo otro”, algo que debe existir escondido en alguna parte, eso otro que no alimente esta continua inquietud de verse. Algo como una luna semientera y blanquecina, esas lunas que aparecen, intempestivamente, sobre un cielo luminoso de sol, un asombroso sol de febrero, por ejemplo, unas lunas ahí colgadas que parecen un espejismo de soles. Un presagio. Algo como un burbuja de vidrio irrompible por la que moverse siempre con el mismo movimiento sin preguntarse qué clase de ritmo es éste, por qué este ritmo y no otro, por qué seguirlo. Una esfera sin preguntas, plácida como la digestión del gato, acompasadamente deslizándose sin fin. Un lugar donde solo la contemplación sea posible, una contemplación sin escándalo ni zozobra. Qué rara crueldad es la de la vida, que permite este pensamiento y no permite que se concrete. Pulverizar el horario, no las horas —dulces horas antiguas—, pulverizarlo con sólo hacer una mueca o un gesto obsceno con los dedos. Pulverizar esta visión de la propia persona consumiéndose y esa corriente, tenue pero constante, que conduce a las tinieblas. Tan tenue y tan equívoca, omnipresente en el propio organismo como un virus.»

«¿Cómo fue que te quedaste tú a vivir en casa? Pregunta primera: ¿tenías llave? Pregunta segunda: ¿dejabas allí tu ropa? Pregunta tercera: ¿dabas aquel número de teléfono? Sí, todo eso sucedió. O sea, te quedaste, nos quedamos: la desembocadura lógica de los años conduce a permanecer juntos en un mismo espacio, varados en un estiaje lentísimo. Decías “te quiero” mientras picabas la lechuga o ponías los discos en orden, lo decías en voz alta, desde un púlpito. “Te quiero”, un spot publicitario, la voz de la experiencia, torpe jerga del amor. “Te quiero”, noches en la misma cama, esperar el fin de la jornada, quince días de vacaciones en otro lugar que nada cambian, un domingo comida en casa de tus padres, otro domingo comida en casa de sus padres. Ceremonia encadenada, dimensión de futilidad, lenguaje corrompido, rudeza de tactos, rostros nuestros sin referencia. Más espantoso cuando, en los momentos de absoluta ignorancia del otro, se echa mano del pasado: “¿ya no te acuerdas…?, “¿cómo puedes prescindir…?” Olor a nave rancia de iglesia.»

(Acabo de aceptar una ventana que me ha salido al paso en esta página de internet, con la que, realmente, no sabía si estaba de acuerdo.)

De buen grado te adjuntaría en este post una fotografía de ella, pero en internet no hay. En El País, si se introduce su nombre en la hemeroteca digital tan solo hay tres artículos.

Su nombre solo aparece dos veces en dos volúmenes académicos obsoletos.

Un beso.

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