Elvira

Hola Mireia, corazón: hay que ganarse la vida, e intentar —en ese hacer o dejarse hacer— que sea de la mejor manera, con dignidad, coherencia. Por eso sería inútil decir que qué mal, que qué mal la concesión del premio Biblioteca Breve a Elvira Sastre, con una novela que aún no he leído, es verdad, pero que tampoco creo que vaya a revolucionar cifras, más allá de las monedas que se hagan durante su exposición y venta al público. Lo siento, esto también lo voy a decir: que tampoco espero, como filóloga y librera, que acceda a ningún canon de nuestra Literatura, de nuestra Historia Literaria. La Literatura tiene el deber de dar cobijo a distintas redes narrativas, posturas, conexiones y puentes, pero no, desde luego, a actuar como un refugio de lo ideológico, de lo económico. La Literatura no es un panfleto, y quien diga lo contrario: miente. Según los medios, el de Elvira Sastre es un texto sentimental, anclado en lo puramente emocional, siendo una de sus tramas un relato cercano al discurso guerra civil tan de moda en la narrativa patria. Aquí una little paradoja: ese tema, aquí en este reino, es, a la vez, moda y no-moda, pero parece ser el aro por el que hay que pasar. Amarrarse a la tradición para echar a andar por el camino de la historiografía española es, cuanto menos, un acto inteligente, un paso hacia delante. Pero hay otra tradición que está tirando últimamente con fuerza de lo que se publica en este país, de lo que se dice, lo que se critica: el mercado. El autor o autora ya no escribe para una tradición, con una tradición; el interlocutor martingaitiano es ahora el mercado, quien maneja las monedas, maneja la barcaza. Y ahora, las confesiones. He leído sus libros, he comprendido o, al menos, entendido mínimamente sus textos. No ha sido de motu proprio, ha sido porque si mi madre me ha enseñado una cosa en la vida es esta: a no mentir. A mí, criticar la figura pública de la autora, repito, por si esto se considerase un ataque, digamos, personal, criticar la figura pública no me reporta nada, no me da de comer, no mejora mis relaciones con mis semejantes, no hace que mis jefes me tengan más amor, no hace que me brille más o menos el pelo. Hacer lo mismo con su obra tampoco, esto es, con su forma de estar en el mundo. No tiene culpa: la alta y la baja literatura es una ficción; todo, y esta es una responsabilidad casi civil, recae sobre el lector, que es también ciudadano. Y cada lector o lectora, cada ciudadano de a pie, es fruto de una educación sentimental, familiar. Somos lo que hemos leído. Dicen, en varias entrevistas, que la autora ha leído a Foenkinos, que es su referente. Diré una cosa: me preocupa. Me preocupa porque ha traducido a Wilde para Valparaíso. Quiero decir. Hay muertos en las cunetas sin enterrar, hay chistes que han dejado de hacerse; se permite que tres asnos digan auténticas bestialidades en los medios a diario. No sabemos nada de nuestra historia, no queremos conocer la historia. Estamos todos huyendo hacia delante, cuando no hay un delante ni claro ni digno. Elvira, no te han hecho ningún favor concediéndote este premio. La novela podría haberse publicado, podría haber tenido un éxito inmenso, infinito, colosal sin premio. El Biblioteca Breve era un bastión bien armado, con sus más y con sus menos, pero bien armado. Se trata de un premio que posee una historia, una calidad literaria, un gusto lector muy concreto. El Biblioteca es un premio o, al menos, era un premio que hizo que Carmen Martín Gaite no escribiese durante diez largos años nada que tuviese un regusto a ficción porque, cuando ella presentó Ritmo lento, el Boom de escritores latinoamericanos hizo a un lado, no solo a los autores españoles, sino a la Literatura Española, que no en español, con La ciudad y los perros. No es un regalo. Es llevar un peso sobre los hombros, es conocer, verdaderamente el campo. Es llevar la historia en la mirada. Cuando Vargas Llosa se alzó con él, todo fue fiesta y alabanza. Ahora es Historia Literaria, ahora sabemos que valor capital y capital simbólico, en armonía, fueron dirigidos por el nuevo mercado editorial de aquella España de los setenta para hacer caja. La Mama grande, que fuese la Balcells, junto a otros agentes del campo editorial y literario, editoriales, prensa, promotores, pusieron en funcionamiento una maquinaria que era un primor. Esa novela era buena, muy buena; Vargas Llosa un buen autor, y los lectores estaban ávidos de novedad, frescura, ficción. Ahora, solo ahora, tras estudiar aquel fenómeno, podemos decir cuatro palabras sobre su fuselaje y anatomía. Elvira, yo no digo que escribas bien, mal o regular. No me interesa. Solo digo que no está tan claro el diálogo productivo entre el capital y lo simbólico en este caso; no parece haber ruta fiable, conexión. Tenemos otro boom bien distinto delante de los ojos. Y la desconexión es un tema que siempre, siempre me ha preocupado. No dejemos que el mercado se haga tra(d)ición. Me recuerdo disfrutando mucho leyendo Intemperie, de Jesús Carrasco. Los tiempos han cambiado, pero el lector sigue vivo, muy vivo. ¿Qué ha pasado con el ciudadano? | Y pido perdón, por si he ofendido a alguien, por si no me he expresado bien, por si no he podido o no he sabido decir lo mucho que me importa ya no solo la Literatura, sino lo literario. El amor.

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