Sara Mesa

Hay textos claros, otros oscuros. Esta dicotomía es operativa, en cualquier espacio, sobre cualquier nivel. Lo interesante es cuando la temática es pantanosa, también el tono, de mirada severa, y se ofrece claridad, luz. Esto, y no otra cosa, hace Sara Mesa, y no solo en Silencio administrativo (Anagrama, 2019), que es lo que pareció ocuparme en torno a dos viajes de metro al trabajo, a lo sumo tres, sino en todos y cada uno de sus acercamientos a la escritura. Siento poco pudor al pronunciarme sobre esto: hay desigualdad en su obra, a nadie le importa, solo a mi lector íntimo. Pero situaría el librito mencionado junto a Cicatriz o sus cuentos sin dudarlo. Y también lo pondría bien colocado, bien mono, al lado del libro de Adela Cortina, Aporofobia, el rechazo al pobre (Paidós, 2017).

Si parecíamos trobar a faltar un lugar en el que se discutiese, desde la tramposa autoficción, el tema de la pobreza, aquí lo tenemos. Y Antonio Machado fue clarísimo al respecto, aprovechando que su infancia, como la de Mesa, (no) son recuerdos de un patio de Sevilla, «entre hacer las cosas bien y hacer las cosas mal existe un término medio honesto que es no hacerlas», o algo así. La autora ha hecho las cosas así, es decir, bien: un par de mujeres se encuentran con otra en situación de exclusión social. Deciden ayudarla, pese a que ese camino lo emprende una solamente. El de los cuidados. El tema que vertebra este ensayito narrado es el subtítulo del libro de Cortina; sin embargo, hay más temas que aquí únicamente me dedicaré a apuntar, a anotar. Los diré de corrido, como cuando nos aprendíamos las preposiciones. La sororidad entre mujeres que pertenecen a distinta clase social, la sororidad entre mujeres estigmatizadas y validadas, la sororidad entre mujeres visibles e invisibles. El preguntarse por qué, en un teórico estado de bienestar, hay personas durmiendo a la intemperie, el preguntarse por qué, en un teórico estado de bienestar, hay más mujeres que hombres en la calle, el preguntarse por qué, en un teórico estado de bienestar, está una mujer en la calle. Esperad. Porque quizá en esto último, en preguntarse por qué está una mujer en la calle estriba el poder tirar de la manta de una espiral de violencia lo suficientemente compleja como para formar un entramado adusto e imperturbable. No sé, quizá mientras escribo esto pienso en las mujeres a las que he visto pedir. No recuerdo sus caras. El dinero corrompe cualquier tipo de belleza pretérita o futura. Aquí hago mención a Los amantes del Pont Neuf. ¿La has visto? Saca hueco, póntela. Juliette Binoche interpreta a una mujer invisible un ratito. Retomo. Una mujer como ángel del hogar, como canon de belleza, como feminidad ejemplar. Un ángel del hogar sin hogar, un atractivo hecho detritus, un cuestionamiento sobre si es una mujer o es un monstruo. Mesa dice: todo este sistema tan freak del patriarcado te dijo que el estado de salud general depende del cuerpo de las mujeres, de su intimidad, del orden de su casa —y esto no lo pienso yo, como lo que dije sobre el «ángel del hogar», quiero que quede claro, esto no es mío, es una bola que no han dejado de contarnos desde siempre—. Ahora, si este nuevo hogar es la calle, y qué calle, ¿a nadie le hace ‘clic’ nada? Pero sí, es verdad, en lugar de poner ahora los miembros sobre la mesa y escandalizarnos, deus ex máchina, el dios del dinero te amordaza. Cinta aislante doble cara: las mujeres que viven en la calle no son mujeres porque con sus cuerpos no son capaces de producir nada; son juguetes rotos, son lo que no quiso el diablo. Un buzón de correos tiene mayor statu quo. Me vomito encima al estar siendo capaz de verbalizar esta burrada. Me cago en San Pito Pato.

«Así que no es suficiente con vivir en la calle. Hay que acreditarlo», dice Mesa.

La pobreza se ha feminizado; la pobreza es un estado que oscila entre la compasión y la humillación. El individuo piensa sobre sí desde la culpa. El Estado le ha hecho olvidarse de sí. Pensé que no me había gustado el libro de Mesa, que me había parecido flojito. Pero la tía, de una forma u otra siempre termina provocándome lo mismo: tras cerrar sus libros, se me abren las compuertas y enfermo de toda la negrura. Y la escritura de Mesa actúa como Caronte remando sobre el río Aqueronte. Este textito te planta una moneda bajo la lengua, hay que pagar al barquero. | Mireia, flipas con lo de Margarita García Robayo en Tránsito. Te quiero.

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