Jue 11:22

Jue 11:22

Tuvo que pasar tiempo, aunque seguí sin comprender. Me avergoncé de aquel libro, me avergonzaba. ¿Por qué lo escribí? ¿Qué quise decir? ¿Para quién estaba hablando? Soñaba frecuentemente con él, su significado me causaba náuseas. No sé si te conté. Lo cogía, lo estampaba contra la pared, lo pisaba, profería amenazas brutales, me ensañaba con cada una de sus palabras. Lo miraba y decía: «No hay nada peor que parir un hijo muerto, joder». A la noche me metía el puño en la boca hasta que sangraba. No, no creo que te contase. En aquellos momentos, trataba de gritar, conseguía escucharme, estaba ahí mismo. Era monstruoso. Un día, para darme un suspiro, pensé que nunca había sido indulgente conmigo misma, que me había contado la historia al revés. Armé una red de suposiciones que actuó como consuelo unos meses, es verdad. «Considerarme a mí misma» pasó a ser «tener consideración hacia mí», dejar el relato oscuro, no creer que era mala persona, no atiborrarme de veneno, no escuchar lo que mi madre no me decía, pero sí pensaba. Abandoné los ojos que te observan por no escupir, evité sentirme señalada, marcada. Dejé los cortes en la tripa, me puse tiritas en los dedos para no ver el hueso que había bajo la carne. Comía regularmente, volví a dormir. Regresé sobre el bultito que me había salido en los labios, lo toqué, lo zarandee. Había estado meses creyendo que tendría algo malo, que debía pedir cita al ginecólogo, que me moriría. Pero no, tan solo era un granito, un granito que me deleitaba ver crecer porque no sabía muy bien qué era, porque no me atrevía a preguntarle. Recuerdo aquellas semanas con mucha viveza, también con frialdad y desidia porque habían conseguido ausentarme de mi vida cotidiana. Llegué a sentir que no tenía nada que pudiese decirse «mío», menudo cuento. Nos inventamos de tantos modos distintos para parecer interesantes, agotador. Si me pides que enumere todas las cosas que me he dicho, prepara una cama, un té o una copa: soy todo vanidad. No sufría demencias, no tenía problemas. Cumplía a rajatabla con las columnas del horóscopo: salud, amor, trabajo, dinero. Pero, ¿qué me pasaba? Lo poco que leía y retenía fueron dos textos a los que llegué por mediación de suplementos culturales. Ambos dieron respuesta a dos huecos cilíndricos, esbeltos, brillantes. Por un lado, Permagel, de Eva Baltasar; por el otro, Lectura fácil, de Cristina Morales. Uno me concedió la gracia, pude hacer mi propio chascarrillo y hablar de cómo es acostarse, de cómo es follar con una mujer. Para la catalana es un Pollock, para mí —claramente— un Rothko. El otro apropiarme de un término que por fin ponía nombre a lo que me sucedía, el «síndrome de las compuertas». A Nati, una de sus protagonistas, le asediaba con frecuencia. En pocas palabras, consistía en poner el automático, en obcecarse, en pronunciar todo lo que se te pasa por la mente, en ser ella ante los demás sin filtros. Gritar: «puto-fascista-neoliberal-chungo», y qué. ¿Qué? Sí, a ese personaje, a Nati, le dicen «discapacitada», no «loca» o «histérica». Es ya un cambio en lo que a estigmatización sobre y por las mujeres se refiere. Otro impedimento más, otra vía para borrar la tristeza y el deseo. (Tú y yo hablamos mucho sobre mujeres, me gusta). Escribo todo esto y siento, de cuando en cuando, según qué palabra, que me pongo cachonda. Rozarse, sin querer, con la costura de los pantalones, al altura del abdomen funciona. Nunca experimenté lo de la Nati, pero lo de las «compuertas» era y es de manual. Cuando se abren, o bien me vengo arriba, como un fénix, o bien me inmolo, explosión que afecta a quien más cerca tengo. Inmolarse significa decirle a la persona que te quiere que no te quiere, inmolarse supone sembrar en esa persona deudas y dudas que no tenía, inmolarse significa ser una cabrona sin escrúpulos, un Hyde sin Jekyll. No tener escrúpulos que es lo mismo que ser una puta subnormal, una muchacha novelera, una idiota sensitiva. Me costó encontrar las herramientas necesarias para combatirlo, pero una vez localizado, me digo a mí misma: «no, mi alma, no. Vuelve a frotarte con los pantaloncitos». Al poner todo esto por escrito yo, solo yo, me libero; me encoño con el lenguaje, me enamoro de mí. Ahora esto será un viento lejano, seré aire que arrasa y te permite ver el paisaje, una fiebre. Más que de un cuaderno, esta voz es abono para el pasto, puro exorcismo. Toda esta bola sin sentido aparente, todo este dolor, para qué. A mí lo que me cura la piel, pone la sangre a temperatura, sin tener en cuenta el temperamento, entiendo que me expulsen del idioma por ese ripio, ese giro verbal tan poco sutil, sin gracia, está bien, ya paro, arriba dije: «deja de lacerarte», y parece que no es posible, es escribir. Ahora que… Siéntate tú, guapa, a hacerlo, siéntate tú, mi vida. A ver quién se atreve más, quién tiene más coño. Déjame explicarte cómo tocar unas tetas, cómo se pasa la lengua desde detrás de las orejas, por el torso, hasta llegar al ombligo y tener que apartarte el pelo de la cara porque se te ha metido en la boca, cómo enzarparse con quien no te deja ser como eres. Te quiero, te amo. No hay nadie como tú, eres maravillosa. Cuando pienso en ti siento frío, miedo; me pongo nerviosa, carraspeo. Caminas por la calle y la acera no te roza, te quiero libre y colosal. Te quiero como para decirte cosas que nunca le dije a nadie, te quiero. Solo espero que este sea el peor texto que se haya escrito nunca, solo espero que esta sea la peor declaración de amor. Si me dejasen, me ataría a las alas de un avión y les diría: «que despegue».

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